martes, 10 de septiembre de 2013

VUELO 937 Capítulo 5

Tuve a Lennon saqueando la tienda durante cerca de dos horas. Sí, he dicho bien: saqueando. Lo cierto era que jamás había visto a nadie comprar de aquella manera tan… loca. Simplemente se limitaba a apartar todo lo que mínimamente le gustaba con un anodino “me lo quedo” como si tal cosa, sin importarle ni precios ni nada.

-Creo que ya te he vaciado esto lo suficiente.-dijo John poniendo el último de los pantalones que había decidido quedarse justo encima del montón de ropa que se apilaba ya sobre el mostrador.-Creo que vas a necesitar una buena calculadora para sacarme la cuenta, Bri.

-Ya lo creo… Creo que ésta va a ser la suma más larga que habré hecho en mi vida.-le seguí la broma yo.

John simplemente se dedicó a lanzar una risita entre dientes antes de inclinarse sobre el mostrador y esperar pacientemente a que le contara todo. Me quedé alucinada por la cifra total y hasta casi me dio reparo decirle lo que me debía, pero John no pareció ni inmutarse siquiera. Tal vez para él esas cifras fueran hasta normales; para mí, incluso proviniendo de una época en la que los precios eran mucho más elevados, aquello era una locura.

-Nunca llevo dinero en efectivo.-dijo.-Extenderé un cheque como hago siempre, ¿te parece?

-Como quieras.-le contesté. No sabía demasiado bien si aceptábamos cheques o no, pero viniendo de quien venía, estaba segura de que mi jefe no me pondría ningún problema.

John extendió un cheque de manera rápida y me lo tendió mientras yo doblaba toda la ropa y la metía en un montón de bolsas.

-Disculpa, Bri.-dijo de repente cuando acabé con mi tarea.-Te he hecho quedar más de media hora aquí después de la hora del cierre.

Yo me quedé pasmada. Lo cierto era que ni siquiera me había dado cuenta de lo rápido que había pasado el tiempo, pero Lennon tenía razón. Hacía casi cuarenta minutos que debería de haber cerrado la tienda e irme a casa.

-Tranquilo, no pasa nada. Tampoco es tan tarde.-contesté esbozando una sonrisa para quitarle importancia.

-Le diré al capullo de tu jefe que te pague las horas extra.

-No estaría mal.-bromeé.-Después de todo lo que le has dado a ganar, ya te puede hacer caso.

-Pues lo haré.-dijo él con una sonrisilla burlona.-Oye, por cierto, estaba pensando que a lo mejor me paso a ver a Anna.

-Pues le darás una alegría.

-Si tú lo dices…-sonrió.-¿Te apetece venirte o tienes algo qué hacer?

Me quedé mirándolo durante uno segundos, estupefacta. La verdad era que no me esperaba para nada aquella pregunta tan así a bocajarro. Después, reflexioné… La idea no estaba mal: él iba  a ver a Anna y a mí también me apetecía hacerle una visita y ver cómo estaba. Lo único que me echaba para atrás era que la pregunta me la hubiera hecho quien me la había hecho. No obstante… ¿Qué problema había? Estaba completamente segura que si esa misma invitación me la hubiera hecho cualquier persona que no hubiera sido tan famosa la habría aceptado con los ojos cerrados.

-De acuerdo.-dije al fin.-A mí también me apetece visitar a Anna y ver qué tal está.

-Perfecto.-sonrió él.-Y… ¿podría pedirte otro favor?

-Tú dirás.-dije entre intrigada y mosqueada ante aquella pregunta.

-Tranquila, no es nada raro.-rió él al ver mi expresión.-Es sólo si puedes salir un segundo a la calle y decirle a mi chófer que ya he acabado, que acerque el coche a la puerta.

-¿Y cómo voy a saber quién es tu chófer?

-Pues… Va vestido de chófer.-dijo John soltando una pequeña carcajada y haciendo que yo también soltara una al ver la obviedad de la respuesta.-Además, estará ahí mismo, al lado de la tienda. Es un hombre un poco regordete con cara de buena gente.

-Gran descripción.-bromeé.-Pero creo que me las apañaré para encontrarlo.

-Se llama Les.-me aclaró.-Por cierto, gracias, Bri.

Salí de allí lanzando una risita por lo bajo al escuchar por enésima vez la palabra Bri, pero a decir verdad, hacía ya un buen rato que había dejado de tomárselo en cuenta.

Nada más puse un pie en la calle vi a un hombre que encajaba perfectamente con la descripción que me había dado John apoyado sobre una de las farolas más cercanas a la tienda mientras fumaba.

-Disculpe, ¿es usted Les?-pregunté acercándome a él.-Trabajo en la tienda.

El hombre se volvió hacia mí y asintió.

-Así es.

-John ha acabado ya.-dije omitiendo adrede el apellido. No me apetecía que nadie me escuchara y supiera que el famoso John Lennon estaba allí. Lo que menos me apetecía en aquellos momentos era un espectáculo con fans histéricas incluidas.-Dice que cuando pueda acerque el coche.

-Por supuesto, señorita.-dijo el hombre ajustándose bien la chaqueta.-Dígale que en nada estoy ahí.

-Gracias.

Les empezó a caminar apresurado hacia el final de la calle y yo volví a entrar en la tienda.

-En nada tienes el coche en la puerta.-le dije a John nada más cerré de nuevo la puerta tras de mí.

John asintió con la cabeza antes de sacarse una cajetilla de cigarrillos de uno de sus bolsillos.

-¿Quieres?-me ofreció.

-Gracias.-dije agarrándole un cigarrillo. Lo cierto era que no debía fumar mientras estaba en la tienda, pero, técnicamente mi horario de trabajo había acabado y me apetecía fumar desesperadamente.

John se puso también un cigarrillo en la boca y me dio fuego antes de encenderse también el suyo.

-No he querido que Les dejara el coche en la puerta cuando he venido.-dijo después de darle una profunda calada a su cigarrillo.-Desde que lo pinté, todo el mundo lo reconoce y paso de jaleos.

Iba a preguntarle de qué color había pintado el coche para que todos lo reconocieran cuando, de repente, vimos a través del cristal de la puerta como un inmenso Rolls Royce de color amarillo y con toda suerte de motivos psicodélicos paraba delante de la tienda. No os miento si os digo que me quedé, literalmente, con la boca abierta.

-Veo que te gusta el coche, ¿eh?-rió John cuando me vio.

-¿Eso es tuyo?-pregunté con un hilillo de voz.

-Oye, chica de nombre raro, no llames “eso” a mi coche.-bromeó él empezando agarrar las bolsas con las cosas que había comprado.-¿Vamos antes de que lo reconozca todo el mundo o qué?

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Jueves, 9 de abril de 1987
Londres

Alex, John y yo entramos en el salón y cerramos la puerta tras nosotros.

-Será mejor que te sientes, Al.-dijo John.

-¿Y por qué iba a hacerlo? Estoy bien de pie.

John soltó un bufido exasperado y se dejó caer él en uno de los sofás. Yo lo imité y me senté a su lado.

-Vamos, Alexander, siéntate.-le ordenó de nuevo.

Alex agarró una silla a regañadientes y la acercó hasta situarla frente a nosotros. Después, se dejó caer sobre ella y nos clavó una mirada perspicaz.

-Bien, ya estoy sentado.-dijo.-¿Y ahora me vais a decir ya de una vez qué es lo que pasa?

Agarré aire antes de hablar. Quería decírselo yo aunque no tuviera ni idea de por dónde empezar. No sabía por qué, pero creía que aquello era más responsabilidad mía que de su padre.

-Alex, hijo…-empecé a decir al cabo de unos instantes.-Yo… No estoy pasando por buenos momentos.

Hice una pausa y un silencio incómodo se hizo entre los tres. No sabía cómo decirle a nuestro hijo que me quedaba muy poco tiempo de vida sin ser demasiado dura.

-¿Qué quieres decir con eso?-preguntó Alex al cabo de unos instantes.-¿No estás pasando por buenos momentos, cómo?¿Una mala racha? ¿Depresión?

-No, no estoy hablando de eso.

-¿Entonces?

Volví a callar. Era exasperante no encontrar ninguna palabra que se ajustara a lo que yo quería expresar.

-¿Qué pasa, mamá?

-Alex, mira, no estoy bien…-susurré.-Y puede que sea grave. Tal vez…

-¿Qué?-casi gritó Alex.-¿Cómo que no estás bien y que es grave? ¿Tal vez qué?

Noté como se me hacía un nudo en la garganta que me impedía contestarle nada. John tampoco contestó. Era evidente que tanto a uno como al otro se nos hacía muy difícil contestarle a aquello.

-¿Qué te ocurre, mamá?-preguntó con la respiración agitada, nervioso.-¿Estás enferma? ¿Te vas a… morir?

El nudo en la garganta se me intensificó cuando le escuché decir aquella última frase a la vez que John desviaba la mirada y apretaba fuertemente la mandíbula, como intentando contenerse. Lo único que pude hacer fue clavarle una mirada sincera a Alex, sin más. Y entonces, arrancó a llorar como un niño desesperado.

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El trayecto hasta casa de Anna fue de lo más entretenido. Bueno, en realidad fue más entretenido para mí que para Lennon, pues yo me entretuve un buen rato fisgoneando todo lo que tenía por dentro aquel cochazo de colores raros mientras él se reía descaradamente de mí y de mi curiosidad. De todos modos, el trayecto fue de lo más agradable y no se produjo aquello que yo tanto temía cuando acababa de conocer a alguien: el silencio y el no saber de qué hablar. Por suerte, nos pasamos el trayecto charlando de esto y de lo otro de manera casual, sumidos en una serie de conversaciones que me dejaron entrever que detrás de aquella súper estrella de la música se escondía un tipo sumamente inteligente.

Llegamos ante el edificio de Anna más de media hora después de haber salido, tras aguantar estoicamente dentro del Rolls el tráfico de Londres en hora punta, y llamamos al timbre. Afortunadamente, la calle estaba lo suficientemente libre de gente como para que pudieran reconocer a Lennon.

-¿Quién es?-preguntó de repente la voz congestionada de Anna por el intercomunicador de la puerta.

-El amor de tu vida y tu compañera de trabajo, chica barriobajera del Dingle.-contestó John haciéndonos reír tanto a Anna como a mí.

-Subid. Y a ti, imbécil, cuando subas…-Anna se vio interrumpida por un repentino ataque de tos que le impidió acabar la frase.-Ahora os abro.

-Fíjate, ni amenazarme en condiciones puede…-bromeó John antes de que los dos entráramos en el edificio.

Cuando subimos al tercero y nos plantamos ante la puerta del piso de Anna, nos la encontramos allí, apoyada en el marco de la puerta abierta con el pijama aún puesto, con una chaqueta encima que le quedaba grande y con cara de estar pasando la gripe del siglo.
-Hola, chicos.-nos saludó.

-Hola Anna, ¿cómo estás?

-Griposa y con ganas de morirme aquí mismo…-suspiró ella.

-Tonterías, tienes mejor aspecto que nunca.-bromeó John.-Por lo menos, mejor aspecto que hace tres sábados al final de la noche…

Ella, pese a que tenía aspecto de no estar pasándolo demasiado bien, aún tuvo fuerzas para soltar una risita.

-Ojalá te pegue la gripe, John Lennon.-le espetó ella haciendo que John soltara una carcajada.-Pasad.

Entramos en el apartamento y Anna cerró la puerta tras de sí.

-¿Y a qué debo el honor de esta visita conjunta?-preguntó obviamente extrañada porque John y yo hubiéramos aparecido en su casa juntos.

-He ido a la tienda.-contestó John antes de que a mí me diera tiempo de abrir la boca.-Bri me ha dicho que estabas enferma y cuando he acabado hemos venido a visitarte.

-¿Bri?-se extrañó Anna mirándome a mí directamente.

-Eso pregúntaselo a él…-contesté yo divertida.-Me ha rebautizado.

-Naaaa, no te quejes, Bri, en el fondo te gusta.-dijo Lennon entrando en el salón de casa de Anna como si estuviera en la suya propia.-¡Oye! ¿Pero tú que…?

Nada más entré detrás de Anna  en el salón supe por qué John había dado aquel grito. Y es que allí, ni más ni menos, estaba Ringo sentado en uno de los sillones partiéndose de risa ante la reacción de Lennon.

-Rich ha venido a verme.-aclaró Anna sin ser capaz de pronunciar bien la m a causa de la congestión.

-Necesitaba un enfermero.-añadió Ringo.-Ey, por cierto, hola Briseida.

-Hola.-contesté.

-Oye, déjame un sitio para sentarme, enfermero…-masculló John esbozando una sonrisilla pícara a la vez que se dejaba caer al lado de su amigo.-Anna, si te apetece puedes sentarte también. No te cortes, tú compórtate como si estuvieras en tu propia casa.

-Que alguno de los aquí presentes me diga una sola razón por la que no deba estornudarle en la cara a esta… cosa.-suspiró Anna divertida.-Pobre Briseida, lástima te tengo de haber tenido que soportar a éste en la tienda… En fin, sentémonos.

-¿Ha ido John a la tienda?-me preguntó Ringo.

-Sí.-le confirmé.-Por poco se lleva hasta el mostrador.

-¿Y has tenido la paciencia de estar con él y seguirle la corriente? Por favor, que alguien condecore a esta chica por el aguante que ha tenido.-bromeó Ringo.

-Te daría un beso si no fueras tan feo, cabronazo.-dijo John a su lado cuando lo escuchó.-Yo también te quiero, ¿sabes, enano?

Ni Anna ni yo pudimos evitar soltar una risa con aquello, antes de que los dos se sumieran en una “discusión” acerca de cuál de los dos era más feo en una escena de lo más surrealista. Miré a mi amiga de reojo. Pobre: parecía encontrarse bastante mal como para tener a aquellos dos escandalosos de jaleo en su casa, pero aún así parecía divertida y alegre de tener visita. Al menos, se lo tomaba con filosofía.

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-Creo que deberíamos irnos ya, ¿no crees, Bri?

La pregunta de John me pilló bastante por sorpresa aunque, a decir verdad, yo ya hacía un buen rato que estaba pensando lo mismo. Anna parecía encontrarse peor y se le notaba a la legua que quería descansar un rato y estar tranquila, así que me volví hacia Lennon y asentí con la cabeza.

-Sí, claro.-dije y, después, volviéndome hacia Anna, añadí:-¿Quieres que te prepare algo antes de irnos?

-No, tranquila, está todo bien.-masculló ella.-Iros tranquilos, ya me las apañaré.

-Además, yo me quedaré un rato más aquí con ella.-dijo Ringo, solícito.

-Perfecto.-sonreí.-Cuídate, ¿vale?

-Por supuesto. En nada ya me tienes dando guerra por la tienda.-contestó Anna.-Y muchas gracias por la visita, a los dos.

-De nada, boba.-sonrió John.-Ya sabes que me gusta venir aquí a molestar y por lo visto, a Bri también.

Solté una risita entre dientes ante la ocurrencia de John a la vez que Anna también lo hacía, aunque sin demasiadas ganas.

-Adiós, imbécil.-sonrió Anna dirigiéndose a Lennon.-Y adiós, Briseida.

Nos despedimos de Anna y de Ringo y bajamos a la calle de nuevo. Afortunadamente, de nuevo nadie parecía estar lo suficientemente cerca del portal de Anna para que pudieran reconocer a John, así que salimos caminando tranquilamente por la acera.

-¿Sabes dónde hay una estación de metro cerca?-le pregunté a John mientras caminábamos.

Él se quedó mirándome extrañado.

-¿No estarás pensando en volver en metro a casa?

-Más o menos, sí.-contesté.

-Vamos, no seas ridícula…-rió él.-Yo te acerco, no pasa nada.

Me quedé mirándolo durante unos segundos, dudosa. No sabía si era un ofrecimiento sincero o meramente por quedar bien, pero la verdad era que ya me parecía un poco abusar de su aún muy escasa confianza.

-No quiero molestarte, vivo bastante lejos y no te quedará de paso, así que…

-No me molesta.-me cortó él.-No te lo ofrecería si me molestara.

-Pero…

-Pero nada.-me volvió a interrumpir.-Además, el Rolls te ha gustado. Y creo que hay alguna palanquita por ahí dentro que aún no has tocado…

-Tonto…-me sorprendí diciendo mientras reía.-Vale, está bien. Iré. Pero no te quejes de lo lejos que vivo, ¿vale?

-Entendido, sin quejas.-sonrió él antes de que los dos siguiéramos caminando en dirección a donde Les había dejado el coche.-Por cierto, siento haberte dicho que nos fuéramos de casa de Anna tan así de repente…

-Ah, tranquilo, no pasa nada. Yo ya hacía un buen rato que lo estaba pensando. La pobre parecía encontrarse bastante mal y tampoco era plan de molestar.

-Sí, es cierto.-contestó John.-Pero aparte, bueno… Creo que…  Tú no has notado nada,  ¿verdad?

Me quedé mirándole extrañada y negué con la cabeza, instándole a que me aclarara las cosas. John agarró aire, suspiró y esbozó una sonrisa.

-Tal vez a Anna y a Ringo les apeteciera estar un rato solos.

-¿Cómo?-pregunté sorprendida.-¿Me estás diciendo que ellos dos están…?

-No, no… ¡Qué más quisiéramos todos!-rió John.-Todo el mundo que los trata un poco a los dos nota que se gustan, aunque ellos lo nieguen, claro.

-Vaya… No tenía ni idea de eso. Pensé que sólo eran simples amigos.-dije aún asimilando la información antes de plantarnos delante del Rolls.

-Y lo son. Todavía.-contestó John.-Bueno, Bri, ¿vamos a casa o no?

Por toda respuesta, le dediqué una sonrisa antes de subirme al coche justo delante de él. Aquel chico estaba empezando a caerme bien, demasiado bien, y en aquellos momentos sólo podía pensar en eso. Aún no me había parado a pensar lo que podría suceder. Aún no había tomado consciencia de nada, de absolutamente nada.






Hola a todas! Qué tal estáis? Pues ya veis, ya vine yo de nuevo a fastidiar con este capi. Espero que os haya gustado y todas esas cosas y si no, pues tenéis vía libre para tirarme todos los tomatazos que queráis, jajajaja.

Como siempre, gracias por leer y gracias por comentar. Aprecio mucho la molestia que os tomáis en hacerlo, la verdad. Por cierto, Karen, tranquila, porque la historia de Briseida en 1987 se irá aclarando a lo largo de los capis. El asunto está en que el 9 de abril del 87 es el día en el que Briseida va a nacer y como dijo un vigilante en el capi 2, es imposible que 2 Briseidas (la que ha viajado en el tiempo, está casada con un tal John y tiene tres hijos y la que va a nacer) convivan en el mismo espacio de tiempo. Así que el tema está en si Briseida muere o no en el momento justo en el que nazca. Vale, sí, sé que me tomé algo muy raro para que mi mente ideara esto, pero espero que te haya quedado más o menos claro, jajajaja. Si no, pues pregunta que para eso estoy! :)

Besotes reinas! Muaaaaaaaaa!

miércoles, 4 de septiembre de 2013

VUELO 937 Capítulo 4

Vale. No le había mentido en absoluto a Anna cuando le había dicho que no era una fan histérica de The Beatles ni muchísimo menos. De hecho, ni siquiera me podía considerar una “fan” propiamente dicha: sabía las cuatro cosas básicas y me gustaba la música que había escuchado de ellos. Aparte de eso, no había nada más. No obstante, cuando bajamos del taxi que nos llevó hasta la inmensa casa del famoso Ringo Starr, o Rich, como le llamaba Anna, no pude evitar sentir un cosquilleo de nerviosismo en la boca del estómago. Y es que, para qué iba a negarlo, me imponía bastante el hecho de ir a conocer a alguien tan famoso como él.

-Bien, hemos llegado.-sonrió Anna nada más poner el pie fuera del coche.

Antes incluso de que a mí me diera tiempo a decir nada, la puerta de la casa se abrió y un chico no mucho más alto que nosotras salió de allí.

-¡Anna!-gritó feliz antes de echar a andar decidido hacia nosotras.

-¡Ritchie!

Miré por primera vez, esbozando una tímida sonrisa, al famoso Ringo mientras se fundía en un cariñoso abrazo con Anna. No supe bien por qué, pero aquel chico me cayó bien enseguida. Tal vez fuera porque actuaba con tanta naturalidad que hacía que te olvidaras de inmediato de que era quién era.

-Te presento a Briseida, Rich.-dijo de repente Anna haciendo que diera un pequeño salto cuando la escuché pronunciar mi nombre.

El chico se volvió hacia mí y me dedicó una sonrisa amable, a la vez que parecía analizarme con unos ojos inmensamente azules. Tal vez estaba intentando adivinar si yo era una de las que eran capaces de desmayarse ante él o no.

-Encantado.-dijo al cabo de unos segundos tendiéndome la mano.-¿Así que tú eres la española que trabaja con ella?

Le estreché la mano a la vez que le devolvía la sonrisa.

-Encantada igualmente.-me abstuve de decir su nombre pues no sabía muy bien si llamarle Richard, Ringo, Rich o a saber.-Y sí, ésa soy yo.

-La chica que decidió cambiar el buen tiempo por los nubarrones ingleses.-bromeó haciendo que yo soltara una risita. Después, volviéndose de nuevo hacia Anna, añadió:-Bueno, chicas, ¿vamos? Porque si tardamos  mucho tengo miedo de que el desgraciado de John me vacíe todas las botellas que he sacado.

-¿Está John ahí?-quiso saber Anna curiosa.

-Por supuesto que está aquí.-rio Ringo.-Eso de que vivamos casi al lado es lo que tiene… Siempre lo tengo por aquí metido saqueándome la casa.

Anna simplemente se limitó a soltar una risa antes de que las dos siguiéramos a Ringo hacia el interior de la casa.

-Briseida, escucha…-susurró ella asegurándose de que Ringo, unos pasos más adelantado, no nos escuchase.

-¿Qué?

-Que… No te asustes con John, ¿vale?-dijo.-Me refiero a si te dice cualquier cosa rara o algo por el estilo. Él es así, sobre todo cuando conoce a alguien nuevo, pero es un buen tío.

-Ah, tranquila.-le contesté un poco descolocada ante aquella advertencia. De John Lennon, como del resto, apenas sabía más que lo básico, y no tenía ni idea de a qué se podía estar refiriendo Anna.-Lo tendré en cuenta.

Cruzamos la casa y salimos a un gran porche frente al que se abría un inmenso jardín posterior con piscina al que no le faltaba detalle.

-Vaya… Es una pasada.-me sorprendí diciendo.

-Está bien, sí.-me contestó Ringo, aunque, pese a su respuesta, parecía orgulloso de tener un jardín así.

-¡Starkey!-gritó una voz masculina de repente desde una de las puntas del jardín.-¡Voy a ahogar a tu maldito perro! ¡Y va en serio!

Nos volvimos hacia donde venían los gritos y ninguno de nosotros, incluida yo, pudimos evitar soltar una risita cuando vimos la escena. Allí, efectivamente, estaba el famoso John Lennon con un pequeño caniche blanco que no paraba de morderle la pernera de su pantalón vaquero con rabia.

-¡No seas salvaje, Lennon!-le gritó Anna.-¡Y deja a mi Tiger en paz!

Nada más escuchó la voz de la chica, el perrito soltó inmediatamente el pantalón de Lennon y salió corriendo hacia nosotros, dando saltitos de alegría por verla.

-Mira mi niño…-dijo Anna con fingida comicidad mientras le dedicaba unas caricias cariñosas al perro.-No le hagas caso al bestia de John.

-La bestia infernal es él, que me tiene manía.-dijo John acercándose hacia nosotros.-Por cierto, se saluda antes de llamar salvaje a las personas, Anna.

-¿Tú cuentas cómo persona?-preguntó Anna fingiendo sorprenderse.

-Muy graciosa, nena.-masculló John de mala gana y, después, volviéndose hacia mí, dijo:-¿Chica nueva?

-Te presento a Briseida.-dijo Anna.-Es amiga mía. Trabaja conmigo.

-¿Briseida?-preguntó John extrañado mirándome a la vez que esbozaba una sonrisilla algo prepotente.-¿No había otro nombre más complicado que ponerte? Porque mira que es raro de narices.

Cuando John me dijo eso, supe enseguida el porqué Anna me había advertido minutos antes sobre él. Su sonrisilla burlona dejaba en evidencia que su principal intención era avasallarme, pero, por muy John Lennon que fuera, había tropezado con la persona equivocada para hacerlo: jamás había dejado, ni iba a dejar ahora, que nadie me pisoteara.
                                                  
-No todos tuvimos el privilegio de que nos pusieran nombres tan exóticos como “John”.-le contesté con toda la ironía que pude ser capaz de usar en aquellos momentos. A decir verdad, dije aquello de una manera tan directa e impulsiva que hasta a mí misma me sorprendió encontrarme pronunciando aquellas palabras.

Lennon al principio pareció sorprenderse pero, a continuación, soltó una sonora risotada a la que pronto nos unimos todos.

-Está bien, chica de nombre raro, me rindo.-dijo tendiéndome la mano.-Un placer conocerte.

Le devolví el saludo a la vez que le dedicaba una sonrisa burlona, la misma que él me había dedicado segundos antes, mientras pensaba en cómo de diferente era el John Lennon estereotipado de mis tiempos al que tenía plantado enfrente.

-¿Tú no eres de aquí, verdad?-quiso saber.

-Es española.-contestó Ringo por mí.

-¿De veras?

Yo simplemente me limité a asentir con la cabeza.

-Yo estuve allí a finales del año pasado.-me comentó  John mirándome.-Cuando rodé la película.

-Ah, genial.

Sabía que estaba quedando como una completa idiota con aquel comentario, pero no se me venía a la mente nada mejor que contestar y que no dejara en evidencia que no tenía ni idea de a qué película se estaba refiriendo John. Por aquel entonces lo cierto era que sólo conocía a The Beatles de una manera bastante superficial y de sus proyectos en solitario no sabía prácticamente nada.

-Vino rojo como un tomate por el sol.-bromeó Anna salvando un posible incómodo silencio.-Para mí que más que rodar, lo único que hizo éste fue tumbarse al sol como el vago que en realidad es.

-Rings, tío…-dijo John mirándola.-Dime por qué extraña razón no he matado todavía a tu amiga.

-También es tu amiga, John.-rió Ringo.

-En estos momentos te aseguro que no lo es…

-Vamos, Johnny, en realidad sé que disfrutas con que te pinche.-rió Anna acercándose hacia él y dándole un golpe amistoso en el brazo.

-Oh, Anna, sí, disfruto muchísimo, no te puedes imaginar cuánto…

-¡Para ya de quejarte, Lennon!-le cortó Anna divertida.-Y ahora, chicos, ¿vamos a sentarnos un poco o vamos a quedarnos aquí toda la tarde?

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Me había olvidado más bien pronto de con qué tipo de gente estaba. Lo estaba pasando bien, para qué negarlo, y, pese a algún que otro comentario sarcástico de Lennon, todo iba sobre ruedas. Quizá fue por eso por lo que cuando llegó la “tercera superestrella” de la tarde ya ni siquiera tuve que esforzarme por mantener a raya mis nervios; simplemente, estaba tan tranquila que no había nada por lo que preocuparse.

George Harrison apareció por allí poco después de nuestra llegada y se unió a nosotros enseguida. Pese a que apenas crucé un par de frases con él, me pareció un tipo agradable aunque bastante más introvertido que los otros dos. Pronto, cuando lo conociera un poco más, me daría cuenta de cuán equivocada había estado en esa primera impresión: de introvertido tenía más bien poco, pero simplemente esperaba a conocer bien a la gente antes de abrirse de verdad.

-¿Qué te parecen?

Me volví hacia Anna casi sobresaltada. Ni siquiera me había dado cuenta de que se había metido detrás de mí en la piscina y aquella pregunta repentina me pilló por sorpresa.

-¿Ellos?

Anna asintió con la cabeza.

-Me caen bien.-contesté con sinceridad a la vez que les lanzaba una mirada furtiva. Estaban tan sólo a unos metros de nosotras, charlando absortos entre ellos tres sobre algo que no llegábamos a escuchar desde donde estábamos.-Pero jamás pensé que serían tan… diferentes.

-¿Diferentes en qué sentido?

Sonreí antes de contestar, pensando mi respuesta.

-En todos, creo.-dije al fin.-Diferentes a como yo creía que eran, pero también muy diferentes entre sí…

-Suele pasar. Todo el mundo tiene una imagen demasiado estereotipada de ellos. A mí personalmente eso no me gusta.- Anna puso una mueca de fastidio cuando dijo esto último.-Y sobre lo que dices de que son diferentes entre sí… Tienes razón. Cada uno es de una manera, pero se complementan a la perfección, al menos, eso creo yo.

-¿Desde cuándo los conoces?-pregunté casi a bocajarro, curiosa.

-Desde hace un montón…-contestó ella.-Fíjate, a Rich lo conozco desde que éramos niños. Crecimos en la misma calle, ¿sabes?

-¿En serio?-pregunté incrédula.-Así que una amistad de la infancia que se conserva. Te envidio, de verdad.

-Creo que es la única amistad de esa época que conservo.-sonrió.-A los demás los conocí bastante después. Hablé con ellos un par de veces antes de que Ritchie estuviera en el grupo, pero poco más. Podríamos decir que hicimos amistad después de que Rich entrara. Son buenos tipos, los cuatro.

-No lo dudo, lo parecen.

-Pues espera a conocerlos de verdad…

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Jueves, 9 de abril de 1987
Londres

Estaba sentada sobre el césped húmedo del jardín, mientras fumaba y reflexionaba. Le había pedido a John que me dejara un momento sola; necesitaba poner en orden mis ideas y mis sentimientos y aquello sólo podía hacerlo sin tener a nadie, por mucho que lo quisiera, a mi lado.

Nadie debería conocer la fecha de su muerte, ni muchísimo menos la hora. Es algo desesperante, horroroso. En aquellos momentos se suponía que debería estar disfrutando de mis últimas horas de vida, pero mentiría si dijera eso. Estaba asustada, angustiada y triste. Nada podía hacer que disfrutara mínimamente de nada y los recuerdos felices que había ido almacenando a lo largo de todos esos años se volvían en mi contra volviéndose repentinamente tristes por el hecho de que en tan sólo unas horas dejarían de existir para mí.

-Dejaste de fumar cuando nació Matt.

No me costó para nada reconocer la voz de Alex y me giré hacia él, incómoda, antes de levantarme. Acababa de salir al jardín y se acercaba hacia mí. No se me escapó que él también estaba mortalmente serio, tal vez incluso preocupado.

-Me apetecía hacerlo hoy.-me limité a decirle antes de que se plantara delante de mí.

-Ya.-masculló de mala gana clavándome la mirada.-Mamá, no soy imbécil.

-¿Qué quieres decir con eso?

-Lo que digo es que no estoy ciego y veo lo que ocurre delante de mis narices.-contestó a bocajarro.-¿Qué te pasa?

-Al, hijo, no…

-Mamá, basta. Dime qué es lo que está pasando.

Agarré aire antes de contestar. Era evidente que Alex sabía que las cosas no iban bien, pero no podía ser sincera con él.

-No ocurre nada, Alex.-dije intentando parecer firme.-No veas fantasmas donde no los hay.

-Es por papá, ¿verdad?-siguió haciendo caso omiso a mis palabras.-Lleváis unos meses muy raros y se os nota a la legua que no estáis bien. Ya no soy ningún niño y… Mira, aunque me joda, si os divorciáis no voy a montar ningún espectáculo. Sólo os pido que seáis sinceros conmigo y no me ocultéis las cosas.

-Pero… ¡¿qué tonterías estás diciendo?!-le corté entre indignada y divertida ante tal locura. De no haber estado en aquella situación, de buen grado hubiera soltado una buena carcajada.-Tu padre y yo estamos perfectamente y no nos vamos a divorciar.

Alex me lanzó una mirada confuso.

-¿Y entonces?-preguntó al cabo de unos segundos.

Iba a abrir la boca para contestar cuando vi de reojo como John salía también al jardín. Lancé un suspiro. Entre uno y otro era evidente que eso de estar sola iba a ser un sueño casi imposible.

-No estaréis discutiendo, ¿verdad?-preguntó cuando llegó hasta donde estábamos, mirando directamente hacia Alex.

-No, para nada.-le contesté esbozando una sonrisilla forzada.-Simplemente Alex me estaba contando sus teorías acerca de… nuestra situación.

-Mamá…-se quejó él agachando la cabeza.

-¿Qué teorías?-preguntó John extrañado.

Alex agarró aire antes de contestar y, a continuación, clavó su mirada en su padre.

-Sé que las cosas no van bien entre vosotros.-le contestó a bocajarro.-Se os nota, pero ella no me lo quiere decir.

-¿Qué… qué te hace pensar eso?-preguntó John mirándolo contrariado.-Las cosas van estupendamente, te lo aseguro.

-Ya. Y yo soy imbécil.-le cortó Alex enfadado.-¿Cuándo vais a dejar de tratarme como a un crío? ¡Es evidente que ocurre algo que no nos queréis contar!

Tenía razón, y mucha. John y yo nos lanzamos una mirada llena de interrogantes. Lo cierto era que ni uno ni otro sabíamos qué hacer en aquel momento.

-¿Qué ocurre?-casi gritó de nuevo Alex, empezando a perder la paciencia.

Entonces, John se volvió hacia él y le miró, serio.

-Tienes razón, Alexander.-suspiró.-Ocurre algo. Pero ese algo no es lo que tú crees…

Yo también solté otro suspiro antes de darle otra calada a mi cigarrillo, temblorosa. ¿Qué se suponía qué íbamos a contarle a nuestro hijo? ¿Qué?

*************************************************

Aquella tarde en la tienda estaba siendo mortalmente aburrida. No habían entrado apenas clientes, no había prácticamente nada qué hacer y, para colmo, Anna no había venido a trabajar. La pobre había llamado aquella mañana para avisar de que no podría venir: al parecer estaba en cama, con una gripe de mil demonios que la tenía completamente fuera de juego por la fiebre desde la noche anterior. Al final, aquel catarro que había venido arrastrando desde hacía días había acabado convirtiéndose en algo más.

Estaba ordenando una de las perchas de ropa que teníamos en la tienda cuando la puerta se abrió. Me giré casi hasta con alegría por tener algún cliente que atender en aquella aburridísima tarde y entonces casi me quedé sin respiración cuando vi que había entrado, ni más ni menos, el mismísimo John Lennon.

-¡Vaya!-exclamó cuando me vio.-¡Si es la chica de nombre raro! ¡Cuánto tiempo!

-Hola, John.-contesté aún sorprendida por su aparición y sin saber muy bien si sentirme molesta o no por su comentario.

-Hola, Bri.

-Yo me llamo Briseida, Brie  es un nombre de queso.-le corté algo molesta.

-Francés, por cierto.-sonrió él.-Está bueno, deberías probarlo.

Sabía que no debía hacerlo pero su caradura me hizo tanta gracia que no pude evitar soltar una risita entre dientes. Él me lanzó una mirada burlona y, a continuación, dijo:

-Y bien, Bri, ¿dónde está mi querida Anna?

-Y dale con el Bri…-bufé yo haciendo que ahora fuera él el que soltara una risa entre dientes.-Anna no ha venido a trabajar hoy, está en casa, con gripe.

-¿Una gripe en julio?-se extrañó él.

-Eso parece.

-Anna siempre fue una chica muy rara…-bromeó él.-Bueno, pues si ella no está… Supongo que tú me podrás ayudar, ¿no? Quiero llenarme el armario.

Al principio me quedé un poco pasmada. Y es que, pese a que la tienda estuviera bastante de moda en Londres, jamás había pensado que alguien como él pudiera venir a comprar nada allí. Tal vez incluso era normal. Al fin y al cabo, una buena amiga suya trabajaba allí…

-Por supuesto.-dije.-¿Tenías idea de algo en concreto o…?

-Un segundo, Bri.-me interrumpió él. Yo solté un pequeño bufido molesta por el Bri, pero pasé de decirle nada. Era obvio que me iba a llamar como le diera la gana por más que le dijera.-Antes de empezar, deberías saber que cuando alguno de nosotros viene, Anna cierra la tienda.

-¿Qué?-me extrañé.-No creo que pueda… Mi jefe…

-Tu jefe lo sabe.-sonrió John.-Es mejor así, créeme. Así no se corre el riesgo de que se monte un alboroto si la gente nos ve aquí. Además, le sale rentable cerrar por nosotros, te lo aseguro.

Me quedé mirándolo durante unos segundos. Lo conocía muy poco, pero aún así lo veía completamente capaz de estar mintiéndome sólo por el placer de gastarme la bromita. No obstante, algo me decía que en aquella ocasión no estaba mintiendo; incluso tenía lógica todo lo que había dicho.

-Llámale y pregúntale si así te quedas más tranquila.-dijo sin más encogiéndose de hombros.

Sin decirle nada, lo dejé allí mientras ojeaba unas camisas y me dirigí hacia el mostrador para hacer esa llamada. No hizo falta nada más que nombrar a John Lennon para que mi jefe me ordenara que cerrara la tienda inmediatamente y que lo atendiera lo mejor que pudiera.

-¿Ves como no miento?-me preguntó John nada más colgué el teléfono.

-Lo siento, tenía que asegurarme…-me disculpé notando como me ponía mortalmente roja. Me avergonzaba mucho haber dudado de su palabra, la verdad.

-Tranquila.-dijo él sin darle importancia.-Oye, Bri, me gusta esta camisa. ¿Tienes mi talla?

Nada más le escuchar pronunciar de nuevo el Bri, se me olvidó aquel pequeño sentimiento de culpabilidad que me había invadido segundos antes y puse los ojos en blanco. Aquel tío no tenía remedio, pero, al parecer, esa tarde estaba condenada a soportarlo.

-Claro que sí.-suspiré finalmente.-¿Qué talla usas?






Hola de nuevo!!! Qué tal estáis tod@s??? Pues yo aquí de nuevo con este nuevo capi que, como siempre, espero que os haya gustado. De nuevo, gracias por leer y sobre todo a las comentaristas de turno :)
Besitos y en pocos días... el quinto!

domingo, 1 de septiembre de 2013

VUELO 937 Capítulo 3

Sobrevivir en una ciudad extranjera lejos de tu casa sin conocer absolutamente a nadie siempre ha sido uno de los retos más importantes a los que alguien puede hacer frente. Imaginaros, pues, si la distancia que os separara de vuestro hogar no fuera sólo espacial, sino también temporal. Es un verdadero caos, una locura, y más si has de preocuparte también por camuflarte, por parecer una auténtica ciudadana de esa época sin llamar la atención.

Con todo esto, podéis imaginaros cómo fueron las primeras semanas que pasé en el Londres de 1967. Cuando salí del pequeño apartamento al que me habían llevado los vigilantes con un fajo de libras esterlinas acuñadas antes o durante los meses que llevábamos del 67 con la “misión” de buscarme un sitio digno en donde vivir, supe por primera vez en mi vida lo que era la soledad más absoluta. No había nadie, absolutamente nadie, con el que pudiera contactar, ni tan siquiera por teléfono; nadie al que le pudiera contar nada acerca de la locura en la que me había visto metida de repente; nadie con quien compartir mi desesperación al saber cuál sería, seguramente, la fecha de mi muerte. Estaba sola, en una época y en una ciudad desconocidas, y tendría que salir adelante como pudiera, sin apoyos, sin amigos, sin familia, sin nada.

No fue fácil convencerme a mí misma de que aquello debería pasar por mis manos, de que o me hacía a la idea de que lo que me había pasado era real o acabaría mal, muy mal. No fue fácil, digo, pero lo hice. Fue entonces cuando después de pasarme noches enteras llorando en una pensión de mala muerte, autocompadeciéndome de mi desgracia, recibí una visita.

Greg, el vigilante, con su sempiterna sonrisilla de loco, se plantó en mi habitación un día a las siete de la mañana. No tenía ni idea de cómo me había encontrado, aunque esos detalles, en él, pronto dejarían de sorprenderme. Greg siempre me encontraba y, lo que era aún más inquietante, siempre parecía saber qué era lo que había hecho.

-Te traigo un regalo, Briseida.-dijo sin más, plantado ante la puerta de mi habitación.-¿No vas a dejarme pasar?

Le dediqué una mirada sorprendida y me hice a un lado para que entrara en mi habitación. A decir verdad, no sabía muy bien si aquella aparición era real o si se trataba de un sueño.

-No hace falta que lo preguntes, muchacha. No te voy a contestar.-dijo antes de lanzar una de sus risitas mientras se sentaba en la única silla de la estancia.-Por cierto, deberías hacerte la cama.

-¿Preguntar el qué?

-Vamos, Briseida, no te hagas la tonta… Preguntarme el cómo te he encontrado.-sonrió.-Sé que sientes curiosidad, pero no te lo puedo contar. Así que no hace falta que me lo preguntes.

El hombrecillo se encogió de hombros en su silla antes de empezar a silbar distraído. Sin dejar de mirarle y asimilando que aquello no era un sueño para nada, me senté frente a él, justo al borde de mi cama.

-¿Qué es lo que quiere?

Mi pregunta pareció hacer reaccionar a Greg, que dejó de silbar de repente.

-¡Ah, claro!-exclamó hurgando en el bolsillo interior de su chaqueta.-¡El regalo! Discúlpame, he pasado una noche movidita y ando un poco despistado.

Greg sacó del bolsillo un sobre blanco, de tamaño medio, y me lo tendió. Me quedé mirándolo con desconfianza hasta que el hombre lo blandió ante mí de nuevo. Entonces, lo agarré.

-Ábrelo.-me ordenó Greg.

Dudosa aún, rasgué la parte de arriba con cuidado y saqué de él un pequeño fajo de documentos atados con una cinta.

-Ahí tienes tu documentación, muchacha.-dijo el hombre antes ni siquiera de que yo fuera capaz de poder adivinar qué era aquello que me había dado.-Tienes un Documento de Identidad español, un pasaporte, y una partida de nacimiento. Aunque obviamente todo es falso, no has de preocuparte para nada: nadie te va a pillar nunca en tu vida.

Sin decir nada, desaté la cintita y miré mi documentación nueva, la documentación que contenía mi nueva identidad. Mi nombre y mi primer apellido continuaban siendo los mismos, al igual que la fecha de mi cumpleaños, el 9 de abril. Los únicos cambios que había en mi nueva yo eran el segundo apellido, que había quedado sustituido por un corriente Martínez; mi lugar de nacimiento, que ahora era Barcelona; y, obviamente, el año en el que había nacido, que de 1987 pasaba a 1941. Eché un cálculo rápido y  comprobé que mi edad verdadera, 26 años, era exactamente la misma que constaba en mi recién adquirida documentación. Al menos habían respetado bastantes cosas.

-¿Te gusta mi regalo?-preguntó Greg al cabo de unos segundos.-Una identidad nueva y flamante que estrenar y, además, cortesía de la casa. No te quejarás: entre esto y el dinero que te dimos cuando llegaste para que fueras tirando…

-Gracias.-me limité a contestar. Lo cierto era que no sabía ni qué decirle, aquello era todo todavía demasiado desconcertante.

El hombrecillo soltó una risita histérica antes de contestarme nuevamente.

-Ahora ya estás lista para iniciar de verdad tu nueva vida en el 67, Briseida.-dijo finalmente.-Hazme caso, búscate un trabajo  y múdate de este antro de mala muerte, es un asco. Nos iremos viendo. Que te vaya bien.

Y sin más se puso en pie y salió de la habitación tan de repente como había aparecido, dejándome allí sola con mi “regalo”. Suspiré. Tal vez aquel loco tuviera razón. Tal vez debería empezar a buscarme la vida y alzar el vuelo.

Fue así como, después de la visita de Greg reaccioné y, en pocas semanas, monté más o menos mi vida. De este modo, me alquilé un apartamento minúsculo pero acogedor en la zona 2 y conseguí un trabajo de dependienta en una tienda de ropa en el centro. Era plenamente consciente de que aquello no era el empleo de mi vida, pero por algo se empezaba. A fin de cuentas tendría que sobrevivir allí y el trabajo no era tan diferente a los que yo, pese a mi carrera de Traducción, habría podido aspirar en el Londres del 2013.

Pese a las bajas expectativas puestas en aquel empleo desde un primer momento, el trabajo no me resultaba en absoluto desagradable; al contrario, incluso me gustaba. Quizá aquello también fue debido a mi compañera de trabajo, Anna, una chica parlanchina y simpática a más no poder que se alegró muchísimo de que los jefes decidieran contratar a alguien más para la tienda, a la que se le estaba haciendo muy difícil de atender ella sola en los últimos meses después de que empezara a ponerse de moda. Lo cierto es que hicimos muy buenas migas enseguida y que pronto se convirtió en la única persona a la que podía considerar amiga en aquella inmensa ciudad, aunque no nos viéramos nada más que durante nuestras horas de trabajo en la tienda.

Como yo, Anna era nueva en Londres. Había llegado de Liverpool, de donde era, hacía apenas unos meses y había encontrado el trabajo y un apartamento donde vivir casi enseguida gracias a “un buen amigo” que ya estaba establecido en la ciudad desde hacía algunos años. Como decía ella, aquella pequeña ayuda le había facilitado muchísimo las cosas.

-Maldita sea. Creo que me voy a ahogar aquí mismo.

Miré a Anna y sonreí. Efectivamente, la pobre parecía realmente agobiada con el calor que estaba haciendo aquella mañana de finales de junio.

-Vamos, mujer, no seas exagerada…-dije en tono de broma más que nada para pincharla mientras recogía la ropa que se habían dejado en uno de los probadores.-Esto ni es calor ni es nada.

-Tú estás acostumbrada a las temperaturas altas, señorita del sur, yo no.-me contestó ella dedicándome una sonrisilla burlona.-En Inglaterra nunca hace este bochorno en esta época. Si muero por un golpe de calor, por favor, di que quiero que me entierren en mi Liverpool natal.

No pude reprimir soltar una sonora carcajada ante la broma de Anna. Cosas como aquellas hacían que me cayera tan bien.

-¿Y no preferirías que te enterráramos aquí, en Londres?-le seguí la corriente.-Así yo podría ir a ponerte flores y todo eso.

-¿Y pasarme el resto de la eternidad rodeada de estirados sureños de la capital? Olvídalo.-contestó poniendo una mueca de fastidio que volvió a hacerme reír.-Dejadme con la ruda gente del norte, por favor. Y tú, si quieres ponerme flores, te pillas un tren y vas a Liverpool.

-Muy considerada…-le contesté yo sacándole la lengua.-Aunque tranquila, te vas a quedar con ganas, chica del norte. Aún no he conocido a nadie que se haya muerto por la sofocante temperatura de… ¿veintiocho grados? ¿Veintinueve?

-Ríete de mi poco aguante, Briseida, pero como me dé algo te vas a morir del susto…-rió Anna mientras venia adonde estaba yo y me ayudaba con la ropa.-¿Sabes? Vengo pensándolo todo el día… Si mañana seguimos con este calor había pensado en irme a pasar la tarde al Heath.

-¿Al Heath?-pregunté extrañada. Pese a que ya llevaba casi un mes en Londres, aquello no me sonaba de nada.

-Al Hampstead Heath.-me aclaró Anna.

-Me quedo exactamente igual.

-¿No sabes lo que es?-se extrañó ella.-Es un parque enorme de aquí de Londres. Tiene incluso lagos donde te puedes bañar, está muy bien.

-Pues jamás había oído hablar de él…

-Ahora ya lo has hecho.-me contestó Anna guiñándome un ojo.-Y bien, Briseida… ¿te apetecería acompañarme mañana al Heath y conocerlo?

-¡Por supuesto que me apetece!-dije con efusividad.-Sería genial.

Anna me dedicó una amplia sonrisa al ver mi reacción. Lo cierto era que había sonado como una niña ilusionada a la que sus padres le prometen ir al parque de atracciones al que lleva deseando ir toda su vida, pero me daba igual. A decir verdad, tal vez estuviera incluso más ilusionada: por fin iba a salir con alguien a algún sitio desde que me había establecido allí.

-Pues mañana por la tarde cancela tus planes.-dijo Anna, risueña.-La recién llegada a Inglaterra va a salir de excursión.

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Jueves, 9 de abril de 1987
Londres

El ruido de la puerta de casa al abrirse hizo que levantara la cabeza del hombro de John y mirara con una sonrisa un tanto amarga en dirección al pasillo. Mis hijos acababan de llegar del instituto.

-¡Ya estamos en casa!-exclamó la voz de Julie justo antes de que ella y sus dos hermanos aparecieran en el salón.

-¡Felicidades!-dijeron casi al unísono los tres nada más me vieron.

Los miré y sonreí, intentado disimular a toda costa mi inmensa tristeza. John, por su parte, hizo lo mismo, aunque se le notaba a la legua que estaba distante y taciturno. Ojalá ninguno de mis hijos notara nada.

-Gracias, chicos.

Julie  se acercó y me dio un beso en la mejilla. Matt también lo hizo, pero con más timidez. A sus trece años se le hacía bastante difícil eso dar muestras de cariño a sus padres por miedo a parecer el niño que no quería ser pero que muy a su pesar seguía siendo. Alex, por su parte, se limitó a esperar pacientemente a que sus dos hermanos pequeños hicieran sitio para acercarse él.

-Mamá…-me dijo plantándose frente a mí.-Creo que tienes algo en la cara… Aquí, a la altura del ojo… ¡Oh, no, son arrugas!

No pude evitar soltar una carcajada sincera. Era la primera vez que reía en todo el día y la verdad era que lo agradecía.

-Eres un tonto, Alexander.

Alex soltó una risita entre dientes divertido a la vez que me abrazaba y me daba un beso en el pelo. Con dieciocho años recién cumplidos era ya incluso más alto que su padre, aunque para mí continuara siendo un niño.

-Felicidades, vieja.-bromeó antes de soltarme de nuevo.

-¿Y cómo se llevan los cuarenta y seis?-preguntó Julie risueña cuando se acabó el turno de las felicitaciones.

-Aún no tiene cuarenta y seis, Julia. Faltan unas horas para eso todavía.-le contestó John con una seriedad que seguro que no había querido demostrar antes incluso de que a mí me diera tiempo a reaccionar.

-Vamos, papá…-rió nuestra hija sin tomárselo en cuenta.-Hoy es su cumpleaños y aunque aún falten unas horas para que cumpla exactamente los cuarenta y seis, a ojos de todos ya los tiene.

-Julie tiene razón, cariño.-sonreí yo intentando quitarle hierro al asunto.-No nos vamos a poner ahora exquisitos, ¿no crees?

Le apreté la mano a  John, en un gesto que intentaba tranquilizarle, o evadirle, o qué sé yo. Él simplemente se limitó a sonreír, aunque triste, dándose cuenta tal vez de que su comentario había estado completamente fuera de lugar. Sabía perfectamente lo que estaba pensando porque yo tampoco me lo podía quitar de la cabeza. Y es que, en el momento exacto en el cumpliera los cuarenta y seis, a las once de la noche en España y a las diez de Londres, posiblemente moriría. Era así de simple, así de desesperante y así de cruel.

-¿Y qué le has regalado este año, papá?-preguntó Matt lanzando un sonoro gallito en la última sílaba que le hizo enrojecer de pura vergüenza.

-Aún no le he regalado nada.-se limitó a responder John mirándolo.

Pero mentía. Y es que, aunque no me hubiera regalado nada material como el resto de los años, aunque ni siquiera hubiera podido plantearse eso a sabiendas de lo que seguramente podía pasar ese día, John me había hecho el mejor de los regalos que nadie puede recibir jamás: estar a mi lado en esos momentos y brindarme la noche más llena de amor y dulzura que me había dado jamás pese a que estuviera completamente destrozado.

-Ah…-masculló Matt.-Como siempre se lo das a las doce en punto de la noche…

-Esta vez no, cariño.-contestó sombrío John aunque, inmediatamente se recobró y le dedicó una media sonrisa.-Esta vez es diferente.

-A saber qué tramas, Johnny…-dijo Julie utilizando su nombre en lugar del habitual “papá”. Siempre que quería pincharlo hacía eso y, esa vez, me alegré muchísimo de que lo hubiera hecho. Al menos, así, John esbozó también una sonrisa con sinceridad por primera vez desde hacía muchas horas, podría decirse que incluso días.

-No te angusties, mamá.-intervino Alex divertido.-Aunque el desagradecido de tu marido no te haya regalado nada…

-Aún.-le cortó Julie riendo.

-Vale bien, como iba diciendo, aunque el desagradecido de tu marido no te haya regalado nada… aún, puedes dar gracias a que tienes tres soles de hijos que sí que te han preparado un regalito.

-¡Cierto!-exclamó Matt poniéndose en pie de un salto.-Voy a por él.

Le dediqué una mirada cargada de amor mientras salía por la puerta y, después, miré del mismo modo a Alex y a Julie. Tenía a las personas que más quería en el mundo a mi alrededor. Debería haber tenido motivos para ser más que feliz, pero la angustia de que quizá no los volviera a ver más en pocas horas era más fuerte que todo eso.

Matt apareció de nuevo por la puerta, portando un paquete de tamaño considerable en sus manos.

-Toma.-me dijo tendiéndomelo con una inmensa sonrisa pintada en la cara.-Ábrelo.

Agarré el paquete, pulcramente envuelto seguramente por las manos de Julie, y empecé a abrirlo con cuidado bajo la mirada impaciente de Matthew. No pude evitar soltar una risita entre dientes al ver lo nervioso que estaba. De hecho, sabía que estaba haciendo un esfuerzo colosal por no quitármelo de las manos y abrirlo él mismo rompiendo el papel de manera rápida.

Acabé de abrirlo pacientemente y descubrí el contenido del paquete, un inmenso álbum de fotos que sabía, seguro, que no iba a estar vacío.

-Pensamos que tal vez esto te podía gustar más que cualquier cosa que te compráramos.-me dijo Julie.-Hemos ido recogiendo fotos nuestras de un montón de sitios y las hemos ido pegando…

-Y debajo de cada una hemos escrito lo qué pasó en ese momento.-añadió Matt orgulloso.

-Nos ha llevado mucho tiempo y muchas visitas a casa de vuestros amigos.-sonrió Alex.-Venga, ábrelo, a ver si te gusta.

Con las manos temblorosas, lo abrí y empecé a ojearlo: ellos recién nacidos,  celebraciones de cumpleaños, fotos de viajes… Tantos recuerdos juntos y tantos sentimientos… Lo cierto era que aquello era un golpe emocional muy fuerte, demasiado duro para mí en aquellos instantes, y sin darme cuenta ni siquiera de que estaba llorando, sentí un líquido cálido corriendo por mis mejillas abajo.

-¿Por qué lloras?-se extrañó Matt.

Pese a que hice un enorme esfuerzo por responderle, no pude. Afortunadamente, John salió en mi salvación y respondió por mí.

-Se ha emocionado.-contestó con voz suave antes de rodearme con su brazo y apretarme contra él, fuerte.

Respiré profundamente e intenté calmar aquel llanto silencioso y los miré, a todos.

-Es perfecto, chicos.-susurré.-Es perfecto. Os quiero muchísimo.

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El ruido del teléfono me pilló por sorpresa mientras estaba preparando algunas cosas para salir esa tarde con Anna. No recibía llamadas de nadie y si tenía teléfono era porque iba incluido en el alquiler del apartamento, así que respondí sin muchos ánimos, pensando que sería cualquiera que se habría equivocado de número.

-¿Sí?

-¿Briseida? Soy yo, Anna.

-¡Anna, hola!-respondí con una mezcla de alegría y extrañeza. Nos habíamos dado nuestros números de teléfono el día antes por si surgía algún imprevisto para esa tarde. Ojalá no quisiera cancelar nuestros planes: la verdad era que tenía muchísimas ganas de salir, aunque fuera a un parque.-¿Qué tal?

-Pues… bien.-contestó algo dubitativa, cosa que me hizo ponerme en lo peor.-Verás, llamaba para comentarte algo sobre lo de esta tarde…

-Ah, sí. Tú dirás.

-Pues… Es que me ha llamado un amigo. Bueno, sabes quién es de oídas: el chico que me ayudó a establecerme en Londres, ¿te acuerdas?

-Sí, sí, claro que me acuerdo.

-Pues resulta que me ha invitado esta tarde a su casa y ha insistido muchísimo. Hace mucho que no lo veo y…

-Ah, ya… Entiendo.-mascullé decepcionada.-No te preocupes, ve. Nosotras ya quedaremos otro día.

-Ey, ey, no.-me interrumpió ella con una risita.-Tú y yo habíamos quedado desde antes, yo no anulo citas, Briseida. Se lo he comentado y me ha propuesto que te vengas tú también. Tiene piscina y todo eso, así que a fin de cuentas los planes no cambiarían tanto exceptuando que habrá más gente… Eso, claro, si a ti te apetece, por supuesto.

-Pues claro que me apetece.-contesté sin poder evitar esbozar una sonrisa aliviada después de escuchar aquello.-Además, cuantos más seamos, mejor lo pasaremos, ¿no?

-Eso mismo opino yo.-respondió Anna evidentemente feliz por mi respuesta afirmativa. Pero, de repente, volviéndose más sombría, añadió:-Oye, Briseida… ¿Puedo preguntarte algo?

-Claro.-contesté intrigada.-Adelante.

-Jamás hemos hablado de esto, pero… ¿te gustan los Beatles?

No pude evitar soltar una carcajada ante la pregunta. La verdad era que a juzgar por su tono de voz había esperado que me preguntara cualquier otra cosa seria, no una pregunta tan casual.

-Claro.-dije sin más.-A todo el mundo le gustan los Beatles, ¿no?

-Pero… ¿te gustan así como mucho? ¿De eso de ir a conciertos y gritar y llorar y esas cosas?-preguntó ella con un hilillo de voz.

De no ser porque Anna parecía estar preguntando aquello completamente en serio, de buen grado hubiera soltado otra risotada. ¿A qué venía todo aquello?

-¿Me ves a mí con cara de ir a llorarles y a gritarles a cuatro tíos?

-No, pero nunca se sabe…-masculló ella.-Entonces… ¿me prometes que no eres ninguna fan histérica ni nada de eso?

-Anna…-dije extrañada.-¿A qué viene todo esto?

La escuché soltar un sonoro suspiro antes de responder al otro lado de la línea.

-Es que…-dijo finalmente.-Esta tarde vas a ir a la casa de uno de ellos.

-¿Qué?-casi exclamé yo.

-Es mi mejor amigo desde que éramos unos críos y se porta muy bien conmigo, ya lo sabes.-continuó Anna.-Siento el interrogatorio, Briseida, sabía que tú no serías de esas, pero es que simplemente quería asegurarme de no meterle a una fan histérica en su casa… ¿Todavía te hace el plan de esta tarde?

-Claro que hace el plan.-dije aún alucinando por lo que me acababa de decir.-Vaya… ¿me estás diciendo que voy a conocer a uno de los tíos más famosos de nuestros tiempos?

-Quizá a más de uno, no lo sé. Pero pese a famosos, ya verás que son de lo más normales, te lo aseguro.

-No lo dudo. Son de carne y hueso como todo el mundo.-contesté en tono tranquilizador, intentando dejarle claro con aquella frase que no iba a montarle ningún espectáculo delante de su amigo.

-No sabes lo que me alivia oírte decir eso.-suspiró Anna.-Por cierto, sobra decirlo pero… no lo cuentes por ahí.

-Descuida, soy una tumba.

-Tampoco hace falta eso.-rió Anna más relajada.-Y bueno… quedamos a la misma hora que habíamos quedado, ¿te parece?

-Perfecto.

Nos despedimos y colgué el teléfono aún un poco desubicada. Jamás me había considerado una fan acérrima de The Beatles, aunque me gustaba su música y debía de reconocer que eran uno de los iconos más grandes del siglo. Y ahora, así, de repente, me encontraba con que iba a conocer al menos a uno de ellos en unas pocas horas. No pude evitar soltar una risita antes de dejarme caer en uno de los sillones del comedor: aquello, sin lugar a dudas, era entrar en la década de los 60 por la puerta grande.





Hola de nuevo! Pues bien, hasta aquí el tercer capítulo. Espero que os haya gustado y que no se os haya hecho demasiado pesado. Supongo que sobra decir que en el próximo capítulo tenemos unas cuantas incorporaciones estelares al fic, jejeje. Por cierto, mi Anna, mi querida Anna (que bien la podríamos llamar María, por poner un ejemplo, jajaja) ha salido ya! Vamos con esa liverpudlian! 
Y una cosa antes de irme: gracias, muchas gracias a todas las que habéis leído y sobre todo comentado el capi anterior. Me alegra ver que os va gustando, así que espero no decepcionaros!
Saludos y hasta el cuarto!
Besos!