martes, 12 de noviembre de 2013

VUELO 937 Capítulo 16



El timbre volvió a sonar una vez más de manera insistente mientras yo miraba hacia la puerta, temerosa y con más dudas encima de las que jamás había tenido en toda mi vida. Sabía a la perfección quién era y, pese a que por un aparte tenía unas ganas locas de verle y echarme a sus brazos para que me diera un abrazo sin pedir explicaciones; por otra, la firme promesa que me había hecho a mí misma de contárselo todo, hacía que en aquellos momentos deseara salir corriendo de allí a toda velocidad con tal de no dar la cara. Pero no. Eso último no era posible: debía agarrar el toro por los cuernos y decirle a John que estaba embarazada, tal cual. A fin de cuentas, pensé amargamente, después de haberle dicho que venía de un tiempo que no era el suyo, el decirle que estaba esperando un hijo tampoco era para tanto.

Agarré aire de nuevo a la vez que el timbre de casa sonaba por tercera vez y,  armándome de valor, agarré el pomo de la puerta y la abrí,

-Pensaba que no estabas.-sonrió John cuando me vio.

Le devolví una sonrisilla forzada: pese a que me alegraba de verle, no tenía en absoluto ganas de sonreír.

-Estaba en el baño.-mentí mientras lo agarraba de la mano y lo hacía entrar en mi apartamento.

Cerramos la puerta tras nosotros antes de que John me plantara un beso en los labios, dulce. Después, se separó lentamente de mí, me miró y frunció ligeramente el ceño. Tragué saliva al entender que algo había notado.

-¿Te ocurre algo, cariño?-preguntó con suavidad pasándome la mano por la cara.

-¿A mí? ¿Por qué lo dices?

-Aparte de por la carita que tienes hoy, porque aún estás por cambiar… Simplemente lo preguntaba porque me extraña eso de ti.

Me quedé mirándolo durante unos segundos, confusa. Entonces, de repente, lo recordé: hacía un par de días, John me había prometido que saldríamos a cenar esa noche y yo no me había acordado para nada. De hecho, tenía tantas cosas en la cabeza que hasta ese preciso instante tampoco me percaté de que John iba arreglado para salir. Suspiré incómoda ante aquello.

-Lo siento, Johnny…-mascullé notando como enrojecía levemente.-Lo había olvidado por completo, perdón.

-Ey, no pasa nada.-dijo esbozando una sonrisilla tranquilizadora. Aquello me hizo respirar aliviada: al menos no se me había enfadado.-Hay tiempo de sobra aún.

-Ya, bueno… Iré a arreglarme pues.

Hice además de separarme de él, pero John, en el último momento, me agarró de la mano firmemente y me lo impidió.

-Bri, un segundo.

-¿Qué?-pregunté con un hilillo de voz.

-A ti te pasa algo.-dijo con convicción.-Vamos, cariño, dime la verdad.

Le miré a los ojos y suspiré. Su mirada era sincera, incluso suplicante. Fue entonces cuando supe que había llegado el momento de decirle aquello que tanto me preocupaba. Tal y como me había dicho Anna aquella misma mañana, John merecía saber la verdad.

-Está bien…-dije al fin.-¿Te… te importa que nos perdamos esa cena por hoy? Es que no sé si después de…

-A la mierda la cena, Bri.-me cortó él ansioso.-Cuéntame lo que me tengas que contar.

-Por supuesto.-suspiré.-Pero mejor sentémonos… Quiero hablar contigo con calma, John.

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Jueves, 9 de abril de 1987
Londres

Abrí los ojos poco a poco, sintiendo aún como el dolor se apoderaba de mí aunque, no obstante, parecía ir remitiendo poco a poco. Apenas recordaba nada de lo que había pasado en los últimos instantes: sólo aquel intenso dolor que me partía por dentro y, de repente, nada más. Tal vez, tal y como había aventurado Greg antes, había pedido el conocimiento.

-Bri, cariño...-dijo John a mi lado cuando vio que abría los ojos.

Me las arreglé para dedicarle una media sonrisa. Pese a todo, el hecho de ver que no se había separado ni un centímetro de mi lado, que seguía ahí pese a todo, me hacía extrañamente feliz. Él me dedicó una caricia suave en la cara, devolviéndome la sonrisa, una sonrisa que se me antojaba tristemente amarga.

-Ey, Johnny…-murmuré al cabo de unos segundos haciendo acopio de todas mis fuerzas.

Aún me estaba recuperando del último ataque y el hecho de hablar suponía el mayor de los esfuerzos. No obstante, quería hacerlo: tenía muchas cosas por decir.

-¿Qué ocurre, cariño?

Lo miré a los ojos antes de hablar.

-Gracias.

John entrecerró los ojos ligeramente y me lanzó una mirada algo confuso.

-¿Gracias?

-Sí, gracias.-insistí de nuevo. Agarré aire antes de continuar.-Por todo. Gracias por estar aquí ahora y por haber estado ahí siempre.

-Bri…-murmuró él. Noté como apretaba fuertemente la mandíbula: era evidente que estaba haciendo un esfuerzo monumental por no ponerse a llorar allí mismo.-No tienes por qué agradecerme nada. Simplemente estoy donde quiero estar: a tu lado.

Al contrario que él, yo no pude evitar que una lágrima se me escapara cuando escuché todo aquello. Sabía que estaba siendo sincero y aquello me emocionaba. Nos quedamos mirándonos, con los ojos clavados el uno en el otro, durante unos instantes, sin decir nada y diciéndonos todo a la vez. Aquella situación también me dolía, muchísimo; tal vez fuera la última vez que los dos podíamos mirarnos de ese modo y aquello me rompía el alma.

-Ojalá pudiera hacer algo, cualquier cosa… -dijo John de repente.-No te mereces esto, joder.

Desvió la mirada en el último momento y la fijó contra la pared. No supe a ciencia cierta si estaba llorando o no. Daba igual: con lágrimas o sin ellas, estaba igualmente destrozado.

-Ya has hecho bastante.-murmuré agarrándole la mano. Aquel imperceptible gesto hizo que John se volviera de nuevo hacia mí y me mirara a los ojos.-Ya has hecho más que suficiente regalándome la mejor vida del mundo a tu lado.

-Tú eres la que me ha regalado eso, Bri.-murmuró. Después, se agachó y me dio un suave beso en la frente.-Gracias a ti. Por todo. Sabes que no cambiaría ni un solo segundo de los que he pasado a tu lado, ¿lo sabes, no?

-Por supuesto que lo sé, Johnny… Por supuesto que lo sé.

Y los dos nos fundimos en un triste abrazo que, una vez más, nos hacía entender que los dos éramos casi como una misma persona.

De fondo, Greg, miraba la escena en silencio. Por primera vez desde que lo había conocido no había en su cara ni rastro de su sonrisilla psicótica. Incluso me pareció que estaba llorando.

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John y yo nos sentamos en el sofá de mi pequeño salón en silencio.

-¿Te apetece tomar algo?-pregunté intentando alargar deliberadamente el momento de decirle la verdad.

-Lo que me apetece es que me digas lo que me tengas que decir, Bri.-me contestó él, serio.

Le dediqué una mirada cargada de incomodidad y lancé un suspiro.

-John… Creo que…-balbuceé sin saber cómo abordar el tema.-Tengo un problema de los grandes. Bueno, tenemos un problema.

-¿Cómo?-preguntó él extrañado.-Bri, explícate.

-Veamos…-empecé a decir yo sin despegar mis ojos de los suyos.-Te lo diré sin rodeos, tal cual es. Verás… Yo…

Me interrumpí en el último momento para agarrar aire. Decir que estaba aterrada era poco.

-¿Sí?-insistió él empezando a impacientarse.

Sin saber por qué, rehuí su mirada antes de contestarle.

-John… Yo… Estoy embarazada.

Dije la última frase de tirón y en voz baja, tan baja que aquello había sonado más bien como un murmullo imperceptible. Un silencio sepulcral se hizo entre los dos. Yo, por mi parte, seguía con la mirada fija en la pared, sin osar siquiera a mirar a John a la cara después de haberle dicho aquello. A medida que pasaban los segundos y el silencio entre los dos se acrecentaba, iba poniéndome más nerviosa.

-¿Bri? ¿Qué… qué has dicho?-susurró John incrédulo de repente.

Apreté la mandíbula fuertemente: de nuevo, las lágrimas estaban amenazando con salir de nuevo. Por eso, ni siquiera pude contestar. El contacto de John me sorprendió de pronto cuando me puso la mano debajo de la barbilla y me obligó con suavidad a volver la cara de nuevo hacia él. Lo miré. No sonreía, pero tampoco parecía enfadado. Simplemente, parecía enormemente sorprendido con todo aquello.

-¿Es eso cierto? ¿Estás segura?-preguntó con suavidad.

Asentí sintiendo como las lágrimas empezaban a brotar de nuevo de mis ojos. La inseguridad que sentía en aquellos momentos era tal que me provocaba una inmensa ansiedad.

-Ey, no llores…-susurró limpiándome las mejillas de la cara con los pulgares.

Aquel gesto, suave y cargado de cariño, hizo que me serenera en el acto.

-Cuando lo sospeché fui al ginecólogo para hacerme unos análisis.-le expliqué con un hilillo de voz.-Esta misma mañana he ido a ver el resultado y… sí, estoy embarazada.

-¿Pero por qué no me habías dicho nada?

Lancé un suspiro y me encogí de hombros.

-No lo sé.-contesté.-Bueno, sí lo sé: tenía miedo. Si te digo la verdad aún sigo muy asustada con todo.

-Joder…-dijo John de repente abrazándome fuertemente.

Me dejé hacer a la vez que apoyaba la cara sobre su pecho. Aquel abrazo era tal vez el más reconfortante que me había dado en todo lo que llevábamos juntos.

-Lo siento…-mascullé de repente.

Nada más dije eso, John se separó de mí y me miró con seriedad.

-No digas tonterías, Bri.-me dijo con contundencia.-Tú no tienes por qué sentir nada, esto es cosa de los dos.

Tenía razón, así que decidí no decir nada más al respecto.

-¿Y ahora qué vamos a hacer?-pregunté al cabo de unos segundos.

-¿Tú qué es lo que quieres hacer?-me devolvió John la pregunta.

Me quedé mirándolo durante unos segundos. Lo cierto era que ni yo misma sabía qué hacer.

- Creo que… Supongo que lo mejor en estos momentos sería que… abortara.


-No te he preguntado qué es lo mejor en estos momentos, te he preguntado qué es lo quieres hacer.-me dijo con suavidad.

-Y yo qué sé…-le contesté con sinceridad.-No tengo ni idea. Esto es una mierda, joder.

John rodeó mis hombros con su brazo en un gesto protector. Dejó que me acomodara bien y me dio un beso en el pelo.

-Mira, Bri…-dijo de repente.-Te apoyaré en lo que decidas, ¿vale? Si realmente quieres abortar, estaré a tu lado. Pero… te voy a decir qué es lo que yo haría, ¿de acuerdo?

Levanté la mirada y me encontré con la suya. Asentí levemente. John me dedicó una media sonrisa antes de hablar.

-Sé que no nos habíamos planteado esto ni por asomo y que… bueno, es obvio que no queríamos que pasara.-empezó a decir.-Pero ha pasado… Nos queremos, cariño. Yo quiero seguir a tu lado y a la larga supongo que hubiéramos acabado teniendo hijos de todos modos.

-¿Me estás diciendo que…?

-Te estoy diciendo que por mí adelante.-me aclaró él con una sonrisa.-Pero, obviamente, tú decides.

Me quedé pensando durante unos segundos, sopesando las dos opciones que tenía ante mí. La temida mala reacción de John no se había producido y, por tanto, podía pensar con serenidad las cosas, sin aquella presión que había tenido desde que me había enterado de que estaba embarazada. Y era entonces, cuando lo pensaba con serenidad, cuando me daba cuenta de que, por mucho que aquello nos fuera a cambiar la vida, lo que menos quería hacer era abortar. John tenía razón. Nos queríamos... ¿Qué problema había? Vale, tal vez de haber elegido nosotros las cosas, nos hubiéramos esperado un tiempo más, pero si había pasado y, tal como había dicho John, a la larga íbamos a acabar teniendo hijos… ¿Qué sentido tenía abortar? Tenía estabilidad en todos los aspectos de mi vida: el dinero no era problema y tenía una relación más que firme con la persona a la que más quería en el mundo.

-¿De verdad?-pregunté mirándolo a los ojos, con una sonrisa esperanzada.

-Jamás en mi vida he hablado tan en serio.-sonrió él.

No pude contenerme ni un segundo más y, embargada por la ternura que en aquel momento me invadía, me acerqué hacia él y le di un beso dulce, tratándole de transmitir así todo lo que sentía por él.

-¿Eso significa que seguimos adelante con todo esto?-preguntó cuando me separé de él.

-Así es.-dije notando como me temblaba la voz.-Atrevámonos a dar este paso.

Nada más pronunciar aquellas últimas palabras sentí un vértigo inmenso: era la primera vez que tomaba consciencia de que dentro de mí llevaba un hijo, un hijo de John y mío.

-Joder, voy a ser padre…-murmuró él. No obstante, lo dijo sonriendo.-¡Esto es increíble!

-Tenemos aún casi ocho meses para hacernos a la idea los dos. Porque yo… tampoco soy capaz de creérmelo aún.

-Serás la madre más guapa del mundo, cariño.-sonrió él.-Y yo el padre más patoso e inexperto.

No pude evitar soltar una risita por lo bajo cuando escuché aquello. Me quedé con las ganas de decirle que él no iba a ser el único inexperto, pero me callé en el último momento.

-De mucho peores que nosotros hay que tienen hijos y salen adelante, así que supongo que no seremos tan desastrosos…

-Espero que no.-rió él.

Después, se volvió de nuevo hacia mí y se quedó mirándome durante unos segundos, pensativo. Le lancé una mirada interrogante, animándole a decir lo que le estaba pasando por la mente en aquellos momentos.

-Oye, Bri…-dijo al fin.-Estaba pensando que si vamos a ser padres… Creo que deberíamos irnos a vivir juntos por lo menos.

-¡John!-exclamé esbozando una sonrisa de oreja a oreja. No me había esperado aquello para nada y… me apetecía. Mucho.

-¿Qué te parece la idea? ¿Te apetece venirte a vivir conmigo?

-¿Que qué me parece?-pregunté.-Me encantaría vivir contigo y pasar la mayor parte del tiempo posible a tu lado.

Y antes incluso de que acabara de pronunciar aquellas palabras, me vi sumida en un beso largo e intenso. Cerré los ojos a la vez que hundía mi mano en su pelo, dejándome llevar. Sonreí para mis adentros al pensar en cómo de  increíble era que un día que había empezado tan mal pudiera haber acabado tan bien. Y todo gracias a él.

En aquellos momentos, dudaba que alguien pudiera amar a una persona tanto como yo amaba a John.






Y hasta aquí el capi 16. Espero no tardar demasiados días en subir el 17, que será bastante larguito pero ya tengo más o menos ideado. Por cierto, que el 17 será, por así decirlo, el inicio del final, no sé si me explico...
¡Y no digo ya mucho más que me voy rapidito hoy, jejeje. Saludos y hasta el próximo!  :)


jueves, 7 de noviembre de 2013

VUELO 937 Capítulo 15



Las hojas del calendario se habían sucedido a una velocidad pasmosa. Tal vez, la maraña de acontecimientos de aquellos últimos meses hacía que el tiempo se nos hubiera pasado volando; tal vez, aquello simplemente se debía a que me encontraba extremadamente a gusto con todo lo que me rodeaba.

Una de las cosas que más había cambiado mi vida había sido la publicación de mi libro de relatos bajo el pseudónimo de Clare Simons. Pese a mi escepticismo inicial, el libro se estaba vendiendo relativamente bien: no era el best-seller del año ni nada por el estilo, pero estaba teniendo una buena aceptación. Lo mejor de todo era que Maschler había conseguido mantener en el anonimato a Clare y mi identidad quedaba a salvo. Aquello, pues, demostraba que los que compraban el libro no lo hacían porque lo había escrito la pareja de John Lennon, sino que lo hacían porque realmente les apetecía hacerlo. Quizá aquellos relatos que en un principio había escrito para pasar el rato tuvieran más valía de lo que yo había creído en un primer momento. Había pasado, así pues, mi particular prueba de fuego e incluso estaba embarcada ya en un nuevo proyecto mucho más ambicioso: mi primera novela.

Y pese a que todo pareciera ir aparentemente bien, pese a que en teoría hubiera tenido que ser la persona más feliz del mundo, una sombra de miedo lo empañaba todo. Todo había empezado con un pequeño susto a principios del verano del 68, cuando me di cuenta un par de semanas después de que la regla no me había venido cuando me tocaba. Me guardé para mí aquel pequeño retraso, confiando en que fuera cualquier desajuste hormonal y tratando de evitar pensar en que mis temores eran perfectamente comprensibles. Así estuve una semana más, esperando y preocupándome, y, cuando ya estaba al borde de un ataque de nervios, no pude más y pedí cita con el ginecólogo, quien me mandó unos análisis inmediatamente con tal de ver si lo que me temía era verdad o no. Tal y como había hecho cuando me percaté del retraso, no le dije ni una palabra a John sobre el tema. Ni a John, ni a nadie.  No voy a negar que estaba aterrada. ¿Qué iba a pasar si en realidad sí que me había quedado embarazada? ¿Cómo iba a reaccionar él? Y es que, pese a que las cosas entre nosotros estaban pasando por uno de sus mejores momentos, no las tenía todas conmigo: John y yo estábamos embarcados en nuestros respectivos proyectos y no nos habíamos planteado para nada el tener un niño. Simplemente nos estábamos limitando a disfrutar el uno del otro y yo era plenamente consciente de que un bebé en esos momentos iba a cambiarlo todo. Ni siquiera yo sabía si estaba preparada para aquel cambio radical… ¿cómo iba a saber si John lo estaba?

La llamada que acababa de recibir, que me informaba que ya estaban los resultados de los análisis, me hizo volver a pensar en todo eso y a ponerme, como siempre, en el peor de los casos. No sabía por qué, pero algo dentro de mí me decía que sí, que lo que yo tanto temía era una realidad irrefutable. Colgué el teléfono taciturna y fui directamente a mi habitación a cambiarme de ropa. Según me habían dicho, el Doctor Balen tenía un hueco libre en su consulta a última hora de la mañana, así que si quería podía ir a comprobar los resultados. Y tanto que lo iba a hacer. Me dijera lo que me dijera, ya no me apetecía más alargar esa agonía: cualquier cosa sería mejor que continuar con esa incertidumbre en la que había estado sumida en esas últimas semanas.

Me arreglé rápido y llamé a un taxi para que viniera a recogerme a casa. Desafortunadamente me tocó un taxista charlatán que me reconoció enseguida y no tuvo ningún reparo en decírmelo. Creedme cuando os digo que un taxista con ganas de hablar es la peor de las condenas en un momento en el que tú no tienes ganas de pronunciar ni una mísera palabra. Mi viaje transcurrió a base de monosílabos y escuetas frases por mi parte, a la vez que aquel nudo en el estómago se hacía más y más evidente a medida que nos íbamos acercando a la dirección de la consulta. Le pagué al taxista el doble de lo que costaba la carrera: era mi peculiar manera de comprar su silencio. A fin de cuentas, no me apetecía que al buen hombre se le soltara la lengua y contara a cualquiera que había llevado a la novia de John Lennon a una de las consultas ginecológicas más reconocidas de Londres. Si eso ocurría, los rumores no tardarían en saltar a la escena pública y, entonces, estaría perdida de verdad.

Entré en el edificio rápidamente, rogando para mis adentros que nadie me hubiera visto, y me metí en el ascensor para subir a la planta en donde se encontraba la consulta del Doctor Balen. Nada más me vio, la enfermera que había detrás del pequeño mostrador de la entrada de la consulta me dedicó una sonrisa afable.

-Buenas tardes.-saludé haciendo un inmenso esfuerzo por devolverle el gesto.-Venía a ver los resultados de los análisis que me hice. Me han llamado diciendo que ya están y que me podía pasar cuando quisiera.

-La he llamado yo misma hace un rato. No ha tardado nada en venir.-me contestó sin perder su expresión amable.-Si quiere puede pasar a la sala de espera, el Doctor Balen está acabando con la última paciente y cuando termine podrá atenderla sin problemas.

Sin más, asentí y me dirigí a la sala de espera. Por fortuna para mí, tal y como me había dicho la enfermera, estaba completamente sola. Aquello era de agradecer en aquellos momentos, la verdad. Intentando evadirme y no pensar más de la cuenta en lo que había ido a hacer allí, pillé una de las revistas del corazón que había sobre una de las mesas. Pasé unas cuantas hojas como una autómata sin prestar la menor atención al contenido. Tan sólo pude ojear unas pocas páginas del principio antes de que el sonido de la puerta de la consulta al abrirse me hiciera poner los pies en el suelo de repente. Solté la revista de manera casi inmediata y me quedé mirando angustiada como el Doctor Bale despedía a la última de las pacientes, una señora mayor que me dedicó una sonrisa nada más me vio y que dejaba en evidencia que sabía quién era a la perfección.

-Buenas días. O a estas horas ya mejor buenas tardes.-me saludó el doctor cuando la señora se hubo ido.-Veo que ha venido enseguida, señorita Vila.

-Sí.-confirmé yo con pocas ganas de dar explicaciones.-Me han dicho que tal vez hoy podría atenderme así que…

-Ha hecho bien.-sonrió el hombre.-Venga, pase.

Entré con él a la consulta y me senté, rígida, en la silla que había frente al escritorio.

-Esta mañana mismo nos han llegado los resultados de sus análisis.-dijo el doctor tomando asiento y sacando de uno de los cajones un sobre marrón.

Yo no dije absolutamente nada, estaba tan nerviosa que apenas podía pensar con claridad. Con una odiosa parsimonia, el Doctor Balen extrajo un par de folios de dentro del sobre y empezó a analizarlos con calma. Al cabo de unos instantes, levantó la cabeza, me miró y esbozó una sonrisa. Tragué saliva, asustada.

-Me temo que los resultados no dejan lugar a dudas.-dijo al fin sin borrar aquella sonrisilla de la cara.-Enhorabuena, está usted embarazada.

Sentí como la sangre se me helaba en las venas y, enseguida, un vértigo inmenso se apoderó de mí. Para colmo, aquel desgraciado me daba la enhorabuena. Lo miré con los ojos tremendamente abiertos, aún intentando asumir lo que me acababa de decir.

-¿Cómo?-balbuceé al cabo de unos instantes.-¿Está usted seguro?

-Completamente.-contestó el doctor sustituyendo su sonrisa anterior por una expresión más adusta. Era más que obvio que aquello no era una buena noticia para mí.-Está embarazada. De poco aún, tal vez no llegue ni a los dos meses teniendo en cuenta la fecha de su último período.

-Entiendo…-mascullé.

-Le recomendaría que viniera dentro de un par de semanas para hacerle una exploración y comprobar que todo está bien.

-Ya…-dije poniéndome en pie.-Pediré cita afuera. Gracias por todo.

Sin esperarme a que me dijera nada más, salí de allí, sintiendo como un pánico irracional se apoderaba de mí. Me planté delante del mostrador intentando parecer lo más normal posible, aunque tal vez sin mucho éxito a juzgar por la expresión que me dedicó la enfermera, y pagué la consulta. Ni siquiera me molesté en pedir cita para la exploración que en teoría me tendría que hacer en breve, lo único que hice fue pedirle a la mujer con un hilillo de voz que me indicara dónde estaba el baño. La mujer me respondió con amabilidad no sin antes dedicarme una mirada significativa: lo más seguro era que hubiera adivinado a la perfección lo que me acababa de decir el doctor. Sin ni siquiera despedirme, me dirigí al lavabo y me encerré en uno de los dos baños que había allí dando un portazo, furiosa. Después, me apoyé sobre la pared y me dejé caer sobre el suelo, hecha un mar de dudas. Respiré profundamente un par de veces, intentando calmarme en vano. Y entonces, sin más empecé a llorar desconsoladamente. Estaba embarazada y no tenía ni idea de lo que iba a pasar. Aquella sensación era, simple y llanamente, horrible.

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Jueves, 9 de abril de 1987
Londres

Pude escuchar el golpe seco que dio Greg al colgar el auricular el teléfono desde el sofá. Haciendo un gran esfuerzo, abrí los ojos de nuevo. John seguía a mi lado, inamovible, acariciando suavemente mi pelo en un gesto casi imperceptible pero tan tranquilizador para mí como el más potente de los bálsamos. Aún le dio tiempo a dedicarme una media sonrisa, triste y apagada, antes de que Greg apareciera de nuevo ante nosotros.

-Tu madre acaba de entrar en la sala de partos.-dijo con voz queda.-Al parecer, el proceso ya está avanzado. A partir de ahora…

Se interrumpió antes de terminar su propia frase y desvió la mirada hacia un lado.

-¿A partir de ahora qué?-quiso saber John.

Greg soltó un suspiro y volvió a mirarnos.

-A parir de ahora los ataques de dolor serán más frecuentes.-aclaró.-Puede que incluso llegue a perder el conocimiento antes del final.

Noté como John me apretaba la mano fuertemente cuando Greg acabó de pronunciar aquellas palabras. Yo sólo pude soltar un leve suspiro a la vez que le devolvía ligeramente el apretón y cerraba los ojos. A decir verdad, recibí la noticia de Greg con cierto alivio y deseé con todas mis fuerzas que estuviera en lo cierto. Y es que esos ataques de dolor eran una auténtica tortura, tanto que estaba empezando a desear que acabaran cuanto antes aunque supiera a ciencia cierta cuál iba a ser el final.

Estuve durante unos instantes, tal vez segundos o tal vez minutos enteros, escuchando el tenso silencio que se había hecho después de las palabras de Greg.

-Greg…-mascullé con un hilillo de voz, con los ojos aún cerrados.

-¿Sí?-escuché como me decía el vigilante.

-¿Cómo…? ¿Cómo sabes exactamente lo que le está ocurriendo a mi madre en cada momento?

Greg soltó una risita por lo bajo antes de contestar.

-Hemos introducido a uno de los nuestros en el equipo que está atendiendo a tu madre esta noche. Es él el que llama aquí cada poco rato y me informa de la situación.

-Estáis en todas partes, ¿eh?-intenté bromear.

Pero antes incluso de que Greg pudiera decir nada al respecto, otra intensa punzada asesina volvió a recorrer mi cuerpo haciendo que me retorciera violentamente en el sofá, agarrando a John con fuerza.

El final estaba cerca. Demasiado cerca.

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Llamé al timbre notando como la mano me temblaba de pura ansiedad. Ni siquiera me acordaba con claridad de cómo había llegado desde la consulta del Doctor Balen, pero allí estaba. Espere unos segundos, esperando a que me abrieran, pero los nervios hicieron que no fuera capaz de contenerme y volví a llamar un par de veces más, insistente.

-¡Ya va!

Anna abrió la puerta de su apartamento de mala gana, tal vez la había pillado en un mal momento, pero aunque suene egoísta, a mí aquello no me importaba lo más mínimo en aquellos momentos.

-¡Bri!-exclamó.-¡No te esper…! ¿Qué te pasa? ¿Por qué traes esa cara?

-Yo…-susurré sin saber ni siquiera qué decir.-Anna, necesito hablar con alguien, por favor.

Sin esperarse a que yo pudiera añadir nada más, Anna me agarró del brazo con firmeza y me entró en casa.

-Por el amor de Dios, Bri…-dijo asustada después de cerrar la puerta.-¿Qué te ha pasado?

-Anna… Yo… yo… La he cagado.

-¿Pero qué…?

-Estoy embarazada.

Nada más decir eso las lágrimas volvieron a apoderarse de mí sin más. Cualquiera hubiera preguntado cualquier cosa al respecto, pero Anna no lo hizo, cosa que le agradecí en lo más profundo de mi alma. Simplemente se limitó a darme un fuerte abrazo y, a continuación, me condujo hacia el salón de su casa.

-Bri…-me dijo en voz baja cuando nos sentamos en su sofá.-¿Estás segura?

Asentí con la cabeza antes de decir nada. Aún notaba como las lágrimas me corrían mejillas abajo.

-Acabo de venir del ginecólogo.

Anna soltó un grave suspiro y me pasó la mano por el pelo.

-¿Lo sabe John?

-No.-contesté.-Ni tampoco va a saberlo.

-¿Cómo…?

Levanté la cara y me encontré con su mirada confusa. Después, agarré aire.

-Lo he estado pensando.-dije al fin con debilidad.-Creo que voy a abortar. No voy a tenerlo.

-¡Bri!

-No, joder, no me digas que tú también eres una de esas antiabortistas que…

-No es eso, Bri.-me cortó con firmeza.

-¿Y entonces?

-¿Cómo que “y entonces”?-se extrañó ella.-¿Vas a abortar sin que ni siquiera John se entere de que estás embarazada?

La miré por unos instantes y desvié la mirada, incómoda. Así que era eso…

-Llevamos menos de un año juntos.-dije al cabo de unos instantes.-Él anda hecho un lío con lo del nuevo trabajo y… Joder, ser padres ahora no entraba en nuestros planes.

-A veces no todo sale como lo teníamos previsto, lo sabes, ¿no?

Callé durante unos segundos, sopesando si debía decir o no lo que sentía realmente, el porqué real de mi decisión. Volví a mirar a Anna. Su mirada sincera me animó. A fin de cuentas, ella era una de las personas en las que más podía confiar en el mundo.

-Tengo miedo.-susurré al fin.-Miedo de cómo va a reaccionar John si se lo digo.

-Oh, mierda, Briseida.-dijo Anna fundiéndose en un abrazo conmigo. Estuvimos así durante unos segundos, quietas. Después, Anna se separó lentamente de mí.-Bri, mírame… John te quiere muchísimo. Lo conozco y te lo digo completamente en serio.

-Ya, pero…

-No hay peros que valgan.-me cortó ella.-Díselo. Él también merece saber la verdad, ¿no crees? A fin de cuentas esto no es sólo cosa tuya, también lo es suya. Y después, entre los dos, tomáis una decisión.

-Dicho así hasta parece fácil.-mascullé amargamente.

-Y lo será.-me dijo esbozando una sonrisa tranquilizadora.-Ya verás cómo no se lo toma tan mal como crees. Te doy mi palabra.

-Eso espero.-suspiré resignada.

-No seas boba, vamos.-me insistió Anna.-Y ahora, vamos a tomarnos un té. Creo que a alguien le vendrá muy bien para tranquilizarse un poco…

Le devolví la sonrisa, más tranquila. Y es que, aunque aún tuviera ese miedo irracional dentro de mí, el hablar con ella me había hecho bien, mucho bien. Al menos, Anna me había hecho poner los pies en el suelo. Ella tenía razón: no podía tomar yo sola una decisión unilateral. Además, parecía convencida de que John no iba a huir despavorido cuando le dijera lo que había pasado y aquello me hacía sentir un poco mejor. Ojalá no se equivocara.

-Ey, Anna.-dije.-Gracias. Gracias por todo.

-No hay de qué, Bri.-sonrió.-¿Me ayudas con ese té o qué?




Hola gente! Pues aquí yo de nuevo después de unos días. Me paso rapidito porque ya es bastante tarde por aquí. Ingrid, por cierto, no te preocupes si no puedes comentar cuando quieras. Yo ya sé que estás ahí leyéndome! :)  A Emma, a Mane y a Ximm, gracias por vuestro apoyo de siempre. Y a ti, María, me debes 4 pesos. Sé que no me voy a hacer rica con eso, pero toda piedra hace pared y por algo se empieza, jajaja.
Espero que os haya gustado el capi y que no haya herido ninguna sensibilidad (que he tocado un tema con el que nunca se sabe...)
Y ya me dejo de decir chorradas y me despido. 
Nos leemos! Muaaaaa!

domingo, 3 de noviembre de 2013

VUELO 937 Capítulo 14



Al contrario de lo que puedan pensar muchos, la nieve puede llegar a ser más un incordio que algo agradable. De acuerdo, sí, había sido bonito pasar por primera vez en muchos años unas Navidades blancas, pero una vez acabadas las fiestas y vistas todas las estampas navideñas que podías ver, ya sólo quedaban los incordios del mal tiempo: carreteras en mal estado, nieve sucia en las aceras que hacía que tuvieras que andar con pies de plomo para no caerte y, sobre todo, ese frío intenso y húmedo que se te calaba en los huesos cada vez que pisabas la calle. En aquellos momentos, mientras caminaba por el centro de Londres con la bufanda tapándome hasta la nariz, estaba empezaba a entender el porqué los ingleses siempre se estaban quejando de las adversidades de su clima.

Andaba con cuidado, evitando resbalarme y con la cabeza gacha para evitar que nadie me reconociera. El taxi que había pillado me había dejado a un par de calles del lugar en donde me había citado con Tom Maschler, el editor de John, por culpa de una calle cortada. Podría haber dado la vuelta por otro sitio y dejarme justo en la puerta, pero le había pedido al taxista que me bajara allí. Estaba bastante nerviosa por aquel encuentro al que había insistido en ir sola y creía que caminar me vendría bien para calmarme. Era cierto: conforme avanzaba por la calle, pensando en mis cosas, me iba tranquilizando poco a poco.

Me ajusté el gorro de lana que llevaba y me subí la bufanda levemente para evitar que me conocieran cuando un operario del ayuntamiento me pidió que parara mi marcha en seco. Miré a mi alrededor. A pocos metros de mí, unos cuantos operarios más retiraban con una grúa las luces de Navidad que aún quedaban. Al parecer, ése había sido el motivo por el cual habían cortado la calle.

Aquello me hizo recordar de repente cómo habían sido los días anteriores. A decir verdad, aquellas habían sido las Navidades más extrañas que había pasado en toda mi vida. Por una parte, habían sido muy tristes para mí: era la primera vez que las pasaba lejos de mi familia y de mis amigos y aquello hacía que me invadiera la nostalgia. No obstante, el pasarlas al lado de John y del resto de nuestros amigos, me había ayudado muchísimo y, de hecho, me había divertido como nunca en Fin de Año con ellos. Por otra parte, estaba Mimi. Por fin la había conocido y podía ya afirmar a ciencia cierta que efectivamente la mujer era tal y como me la había pintado John: recta, seca y hostil en ocasiones, sobre todo conmigo, a la que veía como la chica que había ido a compartirle el afecto de su querido sobrino, al que se notaba que adoraba por encima de todas las cosas pese a la inmensa cantidad de reproches que le hacía. Pero, pese a todo eso, Mimi no era una mala mujer. Tenía buen fondo y, en los tres días que habíamos pasado en el sur de Inglaterra con ella por Navidades, había conseguido romper un poco el hielo en nuestra al principio muy encorsetada relación. A fin de cuentas, el hacerse completamente con ella sólo iba a ser cuestión de paciencia y de demostrarle que no había ido allí a robarle a John, algo que conseguiría a base de tiempo.

Reemprendí mi marcha de nuevo cuando el operario que tenía delante me dio permiso para hacerlo, aún recordando todas aquellas cosas. De este modo, casi sin darme cuenta, me encontré entrando en el edificio de la editorial que Maschler presidía.

-Buenos días.-saludé a la recepcionista nada más entré a la vez que me retiraba la bufanda de la cara.-Estaba citada con el señor Maschler, soy…

La mujer, una señora que ya debía de rozar la cincuentena, me miró e, inmediatamente, esbozó una enorme sonrisa.

-Tranquila, muchacha, ya sé quién eres. No necesitas muchas presentaciones.-me cortó en tono cómplice. No supe si sentirme halagada o no por las confianzas y simplemente me limité a devolverle la sonrisa.-El señor Maschler te está esperando. Sube a la segunda planta. Nada más salir del ascensor encontrarás su despacho.

-Gracias.

Siguiendo las indicaciones que me había dado la recepcionista, subí al ascensor y aparecí justo delante de la puerta del despacho de Maschler; la placa dorada con su nombre sobre la madera no dejaba lugar a dudas de que era allí. Inspiré fuertemente, intentando calmarme, antes de llamar. Unos segundos de silencio que se me hicieron eternos precedieron al escueto “adelante” que sonó desde dentro. Volviendo a respirar profundamente, agarré el pomo de la puerta y abrí.

-Buenos días-saludé a la vez que entraba en el despacho. Me sorprendí a mí misma sonando más decidida y tranquila de lo que realmente estaba.

-¡Briseida!-exclamó el hombre poniéndose en pie y dirigiéndose hasta mí. Me estrechó la mano firmemente, en un apretón típico de un hombre de negocios.-Ya tenía ganas de conocerte.

-Lo mismo digo, señor Maschler.

-Llámame Tom.-me dijo él.-Vamos, sentémonos. Creo que tenemos muchísimo de qué hablar.

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-¡Lo sabía!-exclamó John abrazándome fuertemente loco de contento.-¡Te dije que le encantaron tus relatos!

-Había leído los otros que le mandé y dice que está muy interesado en publicar ese libro de relatos cuanto antes.-dije sonriente cuando pude separarme un poco de él.-Sólo tengo que buscar un pseudónimo y… ¡listo!

-Ni pensar que al principio te enfadaste porque hablé con él…-sonrió John.-Es que eres una cabezota que ni te imaginas.

-Habló el que no es nada cabezota, ¿eh, Johnny?-bromeé yo antes de darle un sonoro beso en la mejilla y revolverle el pelo divertida.-Muchas gracias, cariño.

-Me lo cobraré, no lo dudes.-me contestó esbozando una sonrisa pícara que dejaba en evidencia sus segundas intenciones.

Solté una carcajada con aquel comentario.

-Espero que no me cobres un precio muy alto.

-Eso ya lo veremos…-masculló antes de inclinarse sobre mí y empezar a besuquearme el cuello.

-No tienes remedio.-reí apartándolo de mí con delicadeza. La verdad era que a mí también me apetecía perderme en aquellos momentos, pero Paul y Rachel iban a pasar por nosotros en nada y no era cuestión de empezar con aquellos jueguecitos.-Vamos, quita, león…

-Oh, cariño, no seas así…-se quejó él de manera cómica, poniéndome cara de pena.-Si lo haces por Paul, ya sabes que siempre llega tarde a todos los sitios y…

-Se siente, Johnny, pero no.-le contesté divertida.-Y sabes perfectamente que Paul y Rachel son muy puntuales.

-Entonces no cuela, ¿verdad?-rió él.

-No, la verdad es que no.-respondí.-Además, me acabo de acordar de que le prometí a Anna que la llamaría nada más supiera algo y aún no le he dicho nada. Así que si me dejas usar el teléfono…

-Todo tuyo. Y, por cierto, creo que Anna también te tendrá que contar algo a ti…

-¿Cómo que me tiene que contar algo?-le pregunté extrañada.

-Hace nada he hablado con Rings.-dijo John en tono casual.-Por lo visto no eres tú a la única a la que le ha salido un trabajito.

-¡¿Qué?!-casi exclamé yo.-¿Y nadie me había dicho nada?

-A mí no me ha dado tiempo a contártelo y supongo que a ella tampoco.-se excusó John.-Por lo visto la cosa ha sido de hoy mismo…

-¿De veras? ¿Y qué...?

-No hay nada seguro, pero se han interesado en ella para que haga de músico de sesión en una banda sonora de no sé qué película… Aún tienen que hablarlo, pero Rich lo daba ya por hecho.

-¡Vaya con nuestra Anna!-exclamé contenta. Aquello era una gran noticia y me alegraba muchísimo por ella. Al parecer las dos habíamos tenido un día de suerte.-¡Voy a llamarla enseguida!

-Dile de mi parte que como nos acabe robando el trabajo, la mato.-sonrió John.-Pero la mato de verdad.

Solté una risita nuevamente antes de dirigirme al teléfono: John y sus cosas siempre me hacían reír. Siempre.

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Jueves, 9 de abril de 1987
Londres

Otra vez. En aquella ocasión, el dolor y la falta de aire en mis pulmones no me sobrevino por sorpresa: era la cuarta vez que me ocurría y tenía la horrorosa certeza de que esos ataques de cada momento se espaciaban menos en el tiempo. Un sudor frío que me hacía temblar insistentemente por más que tratara de evitarlo me empapaba el cuerpo. Tumbada en el sofá, miraba todo lo que sucedía a mi alrededor como una película en la que apenas era consciente de que yo era la principal protagonista. No obstante, pese a todos aquellos ataques que me hacía oscilar entre la lucidez y el delirio en cuestión de segundos, una cosa tenía muy clara: el momento se estaba acercando.

Poco a poco, después de un tiempo que seguramente fue corto pero que a mí se me hizo eterno, el dolor fue remitiendo. Inspiré profundamente y cerré los ojos, agotada. Alguien, seguramente John, me pasó la mano por el pelo empapado. Yo ni siquiera tuve fuerzas para abrir los ojos y mirar quién era.

-Conforme avance el tiempo, esto será más frecuente.-dijo Greg de repente rompiendo el silencio.-A cada esfuerzo que el bebé hace por nacer, ella…

-¿Ella qué?-preguntó la voz de Anna quedamente.

-Ella va muriendo.

De nuevo, el silencio volvió a apoderarse de los allí presentes. Al parecer, era tan evidente lo que me estaba pasando que ya nadie tenía ni ganas ni fuerzas para llevarle la contraria o pedirle que no pronunciara aquellas palabras en voz alta. John, por su parte, siguió con su casi imperceptible caricia. En aquellos momentos aquello era lo único a lo que me aferraba.

De repente, el contacto de una mano sobre la mía, hizo que saliera de mi ensoñación. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, abrí los ojos y giré la cara. Allí, a mi lado, Alex me miraba con los ojos humedecidos. Parecía destrozado, pero aún así se las ingenió para esbozar una media sonrisa.

-Te quiero, vieja.-susurró.

-Yo también, cariño…-le contesté. Me sorprendió la debilidad con la que salían las palabras de mi boca; hasta para hablar me faltaba el aire.

Nos quedamos mirándonos durante unos segundos, haciéndome olvidar por unos instantes todo lo que me estaba ocurriendo.

-Prométeme que serás fuerte, mamá.-dijo de repente apretándome la mano con un poco más de fuerza.-Sé que puedes con esto. Prométemelo.

No pude contestar. No podía prometerle aquello. Nadie puede prometer que vencerá a la muerte.

Entonces, de repente, otra intensa punzada en el pecho me invadió. Era un dolor desgarrador, más agudo que en las anteriores ocasiones, tanto que no pude evitar soltar un grito.

-¡Joder, no!-gritó Alex histérico soltándome la mano de repente.

-¡Al, aparta!-la orden de John fue contundente.

-¡Pero…! ¡Haced algo! –gritó Matt.

-Bri, cariño…-susurró John agarrándome de la mano.-Vamos… No…

Ni siquiera pude acabar de escuchar la frase: otra punzada hizo que volviera a gritar de pura desesperación.

-¡Mamá!-exclamó Julie.

-Anna, por favor.-escuché como decía John a mi lado.-Sácalos de aquí.

Hubo un pequeño rifirrafe entre John y Alex. No fui capaz de seguir toda aquella discusión; sólo fui consciente de que, al final, la puerta del comedor se abrió y el silencio volvió a hacerse el dueño de la estancia.

Minutos después, cuando aquel inmenso dolor remitió, abrí los ojos lentamente. Sólo pude ver a John a mi lado y a Greg, paseando de un lado a otro del comedor con expresión adusta.

-Ya ha pasado, cariño.-susurró John inclinándose hacia mí y dándome un beso en la frente. No se me escapó el detalle de que tenía los ojos empapados en lágrimas.-Ya ha pasado.

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Una buena cena de las que se alargaban hasta la madrugada en casa de Ringo; aquella había sido nuestra particular y poco peculiar forma de celebrar que Anna finalmente había sido contratada para aquella grabación y que a mí iban a publicarme en breve mis relatos. Era genial. Amigos, alegría, música y bebida, tal vez incluso demasiada. Ni imaginar quería lo que podía ocurrir si nos bebíamos entre los que éramos allí toda la cantidad de botellas que teníamos para la ocasión.

-¡John! ¡Bri!-exclamó Anna a nuestras espaldas acercándose hacia donde estábamos. Ringo iba a su lado, riendo por lo bajo.-¿A qué no sabéis de lo que nos acabamos de enterar?

-Aquí llegó la revista del corazón.-sonrió John con ironía.

-Cállate, Lennon.-le dijo Anna dándole un manotazo en el brazo.-¡Esta noche vamos a conocer a alguien!

-¿A alguien?-me extrañé.-Pero si sólo estamos los de siempre.

-Los de siempre y uno más.-aclaró Ringo.-Bueno, una más.

-¡George se trae a una chica! Nos lo acaba de decir Paul.

-Y ya conocemos a George…-añadió Ringo.-Él no es de traerse al ligue de turno sin importancia a cualquier cena. Cuando la trae para presentarla es que la cosa ya está más o menos clara…

-Así que nuestro George tiene ahora un chochete…

-¡John!-exclamé divertida dándole una colleja cariñosa.-¿Chochete? No me digas que también te referías a mí así cuando empezamos…

-Y lo sigo haciendo, cariño.-bromeó él divertido con la simple intención de hacerme rabiar.

Aquello le hizo ganarse otro golpe más por mi parte ante las risas de Ringo y, sobre todo, de Anna. Justo en ese momento, un gran alboroto en la entrada de la casa nos interrumpió.

-¡Eh, chicos!-nos llamó la voz de Paul desde allí.-¡Venid! ¡El que faltaba ya está aquí!

-Y no viene solo.-nos dijo Anna entre susurros y con una mirada cómplice antes de que los cuatro saliéramos a recibir a George.

Y sí, efectivamente George no había venido solo. Allí, a su lado, una chica casi tan alta como él, de pelo negro y de una belleza sin estridencias, nos sonreía tímidamente. Le devolví la sonrisa mientras nos acercábamos a ella; yo aún me acordaba de cómo había sido conocer a los chicos y entendía perfectamente lo cohibida que podía sentirse.

-Hola chicos.-nos saludó George cuando nos acercamos.-Os presento a Lisa. Ella es… mi novia.






Y aquí estoy yo de nuevo, con el catorce! Siento que esté tan... no sé cómo. Si os digo la verdad, me ha costado sacármelo de los dedos y tal vez eso se note... :/  Por lo demás, un besazo a todas, sobre a todo a mis nenas que además de leer, me comentan, jejeje.
Saludos a todas! Muaaaaaaaaaaaaaa!