martes, 8 de octubre de 2013

VUELO 937 Capítulo 11



Era aún temprano, demasiado tal vez, y aquello se notaba en las caras de sueño que teníamos todos, sobre todo los chicos, que no estaban acostumbrados a madrugar desde hacía demasiado tiempo. Pero, no obstante, allí estaban ellos, aprovechando las horas de sol al máximo para rodar. Y es que, a más horas aprovechadas al día, antes acabarían con aquella película cuyo rodaje estaba siendo tan caótico como su propia trama, una cosa que todos deseaban con fuerzas.

Estaba sentada sobre la hierba, viendo desde lo lejos como los chicos hacían su trabajo. Pese al incipiente sol de la mañana, refrescaba bastante. Eso, unido a mi soledad, hacía que la experiencia no se me estuviera haciendo demasiado agradable. Soledad, claro, porque no había ni rastro ni de Rachel ni de Anna, quienes seguramente se habrían quedado durmiendo en el hotel un rato más. Tal vez, pensé, debería haberle hecho caso a John cuando me había insistido en que yo también me quedara durmiendo; pero claro, Briseida, la cabezota empedernida, no le había hecho ni puñetero caso y se había levantado con él con las primeras luces del alba. ¿Y todo aquello para qué? Para sentarse sobre la hierba húmeda y estar helándose allí, sin hacer absolutamente nada.

Después de imponerme a mí misma el no volver de nuevo al hotel bajo ningún concepto para no tener que soportar después el “te lo había dicho” de John, me levanté del lugar en donde estaba sentada, ociosa. Al menos estiraría las piernas paseando un poco sin perderles de vista. Tal vez así la espera se me hiciera menos pesada. Empecé a caminar sin rumbo, sumida en mis propios pensamientos y, cuando apenas había dado unos diez pasos, el ruido de un coche al acercarse llamó mi atención. Me volví hacia la dirección en la que provenía aquel ruido justo cuando Anna bajaba de un taxi a pocos metros de mí. Esbocé una sonrisa al verla allí, sonrisa que se tornó en carcajada cuando se acercó un poco más hacia mí y pude verle a la perfección la cara de sueño que traía, mucho más evidente que la del resto. Una cara, en definitiva, que dejaba entrever que no había dormido nada en toda la noche. Y yo sabía el motivo de por qué no lo había hecho.

-¿Pero tú de qué te ríes?-me preguntó frunciendo el ceño mientras caminaba hacia mí.

-De ti y de tu cara de sueño.-le contesté resuelta.-Por cierto, buenos días. ¿Has dormido bien esta noche?

Anna me dedicó una mirada confusa antes de contestarme.

-Buenos días, Bri.

Yo, simplemente, me limité a soltar otra risita por lo bajo, divertida a más no poder con aquella situación.

-Oye Bri…-masculló ella de mala gana cuando vio que me reía de nuevo.-¿A qué vienen esas risas? ¿Se puede saber qué te pasa?

-¿A mí?-fingí extrañarme yo.-A mí nada. Pero dime… ¿qué te pasa a ti?

Cuando hice aquella pregunta, una sonrisa pícara apareció en la cara de Anna.

-Me he despertado contenta.-se limitó a decir.

-¿Contenta? ¿Y a qué debemos esa alegría matutina?

-He pasado una buena noche.

-Ya…-sonreí yo.-Y… ¿puede ser que esa “buena noche” tenga algo que ver con el hecho de que nadie os viera ni a Ringo ni a ti durante todo el día?

Pregunté aquello a bocajarro y sin delicadezas, directa como una bala. Aquello hizo que Anna se me quedara mirando casi con la boca abierta por la sorpresa a la vez que los colores le subían a la cara.

-¡Bri!-exclamó evidentemente sin ser capaz de decir nada más.

-¿Tiene o no tiene que ver con eso?-insistí casi a punto de estallar en otra carcajada.

Anna soltó una risita a la vez que desviaba la mirada hacia otro lado, avergonzada.

-Sí que tiene que ver.-susurró al cabo de unos segundos.

-¡Anna!-exclamé.-Así que por fin Rich y tú…

-Sí, sí.-me contestó aún sin mirarme antes siquiera de que yo acabara de pronunciar la frase.-Ritchie y yo…

-Ahora ya es Ritchie, qué tierno…-la chinché yo divertida haciendo que ella se volviese hacia mí de nuevo y me lanzara un intento de mirada asesina. Digo intento porque se notaba a la legua que se estaba partiendo de risa para sus adentros-Tranquila, me abstendré de decir un “lo sabía” como hiciste tú cuando te dije que John y yo estábamos juntos.

-Muy considerada, Briseida. Deberían premiarte por ello.-me contestó irónica.

-Y… ¿cómo fue?

-¡Bri!-exclamó ella.-Eso son detalles que no…

Solté una risotada al ver su reacción y comprobar que había malinterpretado mi pregunta. En realidad, yo no quería un informe pormenorizado sobre todo lo que había ocurrido, simplemente quería saber cómo de la situación de enfado en la que los dos habían quedado la mañana anterior, habían llegado  a aquello.

-Tranquila, no quiero esos detalles.-reí yo.-Me darían un poco de asquito, si quieres que te diga la verdad.

-¿Y entonces por qué preguntas, cotilla?

-Porque tengo curiosidad por saber cómo pasaste de estar enfadadísima con él a… eso.-contesté con una media sonrisa.

-Ah…-suspiró Anna devolviéndome la sonrisa.-Bueno, cuando me fui vino enseguida a buscarme. A decir verdad no tardó nada en encontrarme.

-Ya…

-Y bueno…-siguió Anna.-Me obligó a parar y a escucharle, cosa que yo no quería hacer para nada. No sé cómo, pero lo consiguió. Entonces me explicó que Miranda y él no tenían absolutamente nada, que sólo había subido a su habitación para unas cosas del rodaje y no sé qué más. ¿Sabes? Lo conozco demasiado bien para saber si me miente o no y te aseguro que ayer supe que me estaba diciendo la verdad.

-John también me dijo que entre la Miranda ésa y Rich no había nada.-dije yo.

Aquellas palabras parecieron relajar más si cabía a Anna, que sonrió nuevamente.

-Me alegra oír eso.-me contestó sin ser capaz de ocultar la felicidad que sentía en aquellos instantes.-¿Sabes? Después estuvimos hablando y… bueno, nos sinceramos y… ya sabes.

-Por supuesto que lo sé.-reí.-Una cosa llevó a la otra y así fue como acabasteis dándoos besos ante la puerta de la habitación.

-¡¿Qué?!-gritó ella mirándome con los ojos muy abiertos. Yo solté otra carcajada al ver su reacción.-Oye, no te rías y hazme el favor de decirme cómo mierdas sabes tú eso.

-Lo sé, así, sin más.-reí yo.-Y lo peor es que John también lo sabe.

-¡Bri!¿Qué me…?-preguntó agitada.-Un segundo, un segundo… ¡nos espiasteis!

Solté una risa.

-No sé, yo no lo llamaría espiar, simplemente… os vimos.

-¿Que nos visteis?-casi exclamó ella.-Pareja de cotillas, os voy a matar… ¡a los dos!

-Oh, Anna, no te pongas violenta, que eso no es bueno…

-¡Lo que no va a ser bueno para ti es lo que te voy a hacer cuando te pille, Briseida! ¡Ya puedes empezar a correr!

Y no bromeaba porque, de inmediato, se abalanzó sobre mí, iniciándose así una carrera de lo más alocada entre las risas de ambas, a la vez que, desde no muy lejos, los chicos nos miraban con cara de alucine sin saber muy bien qué era lo que estaba pasando. A aquello se le llamaba empezar el día con energía: justo lo que necesitaba para despertarme del todo.

********************************

Jueves, 9 de abril de 1987
Londres

-Se coló.-dijo Greg encogiéndose de hombros a la vez que me lanzaba una mirada.-Se coló sin más. Ella no debería estar aquí; todo hubiera tenido que ser diferente, al menos en el caso de John, pero Briseida se coló por uno de los agujeros, como hacen muchos. Y no debería de haber ningún problema en teoría, pero viajó a una época demasiado cercana a la suya y ha llegado con vida, como era de esperar, al día de su nacimiento. No puede haber dos Briseidas conviviendo en una misma época, va en contra de todas nuestras leyes. Entonces, en el momento en que el bebé nazca, lo más seguro es que… Bueno, el final supongo que todos lo tenéis bastante claro.

Greg dejó de hablar casi tan de repente como había empezado a hacerlo hacía unos minutos, ante todos. Les había contado, como si fuera lo más normal del mundo, toda mi historia. Todo, absolutamente todo, desde que yo me bajara de aquel extraño Vuelo 937 con destino a Londres que jamás me llevaría al sitio donde me debía llevar. Y pese a que aquello pudiera parecer una historia delirante, sin sentido y loca, hecha exclusivamente para burlarse de los que la escuchaban, un silencio sepulcral, acompañado de una inmensa gravedad, se adueñó de la estancia. Tal vez la seriedad de John cuando había vuelto a escuchar todo aquello, mis lágrimas silenciosas pero insistentes al sentirme descubierta ante todos y la naturalidad con la que Greg había contado todo, dotaban a aquello de una veracidad sorprendente. Quizá por eso nadie osaba a decir una palabra mientras nos miraban a los tres confusos, casi en estado de shock.

-Eso es… imposible.

La que acababa de hablar había sido Anna. Apenas había sido un murmullo casi inaudible, pero dado el silencio imperante en el salón en aquellos momentos, todos habíamos podido escucharlo a la perfección. Levanté la cabeza para mirarla. Nuestros ojos se encontraron enseguida: los suyos serios, incrédulos; los míos inmensamente tristes, con tintes de arrepentimiento por haber estado ocultándole la verdad durante tantos años.

-Bri…-masculló sin separar sus ojos de los míos.-Dime que lo que este loco de aquí está contando no puede ser cierto.

No pude contestar nada. ¿Qué se suponía que iba a hacer? ¿Mentirle a ella y a todos? No ahora que se habían puesto todas las cartas al descubierto sobre la mesa. Aunque me doliera, más que nada por mis hijos allí presentes y que parecían completamente idos por aquella información, no podía mentir. No podía seguir haciéndolo como lo había estado haciendo todo ese tiempo.

-Mamá…

La voz de Julie a escasos centímetros de mí hizo que rompiera el contacto visual con Anna. Me volví hacia mi hija y, sin decir nada, alargué la mano y se la pasé por el pelo, en un gesto tranquilizador. El mismo pelo que su padre, pensé amargamente.

-¿Es verdad todo lo que…?

Greg interrumpió de repente la pregunta que empezado a formular Julie con una tos descaradamente postiza. Le dediqué una mirada cargada de odio: nadie interrumpía a mi hija, y menos él, en mi propia casa.

-¿Por qué todo el mundo insiste siempre que se entera de nuestros secretos en negar la evidencia?-preguntó obviando la mirada que le estaba lanzando.-En fin… Por cierto, Briseida, tengo unas cosas tuyas que tal vez te apetezca recuperar.

El odio de mi expresión se convirtió en curiosidad cuando lo escuché. No tenía ni idea de a qué se estaba refiriendo.

-¿El qué?-pregunté secamente, aún hostil.

Greg abrió su americana y empezó a hurgar en el bolsillo interior de la chaqueta. A continuación, extrajo de allí una bolsita de papel, arrugada pero evidentemente llena de cosas, y me la tendió.

-Esto.-me dijo.-Anda, míralo. Tal vez eso también sirva a los incrédulos para creer en lo que digo.

Agarré la bolsa intentando controlar el incipiente temblor de mis manos y, sintiendo como todas las miradas estaban clavadas en mí, la abrí y dejé caer su contenido encima del sofá, justo al lado de donde yo estaba sentada. No pude evitar lanzar un pequeño grito de sorpresa cuando vi aparecer allí mi cartera, mi pasaporte y mi teléfono móvil.

-¿Has tenido tú esto todos estos años?-pregunté con un hilillo de voz.

Greg asintió con la cabeza.

-Tengo más cosas.-dijo.-Tu ordenador portátil, tu cámara de fotos… Todo lo que llevabas en tu equipaje aquel viaje. Recuperamos tus maletas enseguida, pero… Entiende que no pudiéramos devolvértelo. Son cosas que no pertenecen al 67.

No dije nada. En aquellos momentos, el hecho de que aquella gente se hubiera quedado con mis cosas era la menor de mis preocupaciones. Volví a mirarlo todo antes de agarrar mi cartera y abrirla. Saqué, con mucho cuidado, mi carnet de identidad y volví a contemplarlo después de tantos años. Era paradójico ver que aún faltaban más de veinticinco años para que me lo expidieran después de su renovación rutinaria y que, sin embargo, aquel trocito de plástico estaba ya gastado por los años. No pude evitar fijarme en mi verdadero nombre, con mi verdadero segundo apellido y no con aquel común “Martínez” que  habían puesto los vigilantes en mi documentación falsa. Tampoco pude evitar el fijarme en mi fecha de nacimiento: 9 de abril de 1987; la fecha del día en el que estábamos y, tal vez, la fecha que también aparecería en mi certificado de defunción.

Abrumada por todos aquellos negros pensamientos, solté el carnet de identidad rápidamente, como si su mero contacto me abrasara la piel. Me percaté de que John, a mi lado, lo agarraba y lo observaba también. Lanzó un suspiro: pese a que hacía muchos años que sabía la verdad, aquello suponía la confirmación oficial de todo aquel enredo. Antes incluso de que él pudiera soltarlo, Anna se lo arrebató de las manos, aunque no le presté demasiada atención a aquello. De hecho, mientras todos empezaban a pasarse de mano en mano mi carnet, yo me limité a seguir ojeando el interior de mi cartera. Saqué unas cuantas libras esterlinas, las que había cambiado en el banco justo antes de salir para aquel viaje sin retorno, y unos cuantos euros. Sonreí amargamente cuando noté las miradas de todos clavadas en aquellos extraños billetes que nadie había visto antes.

-Son euros.-aclaré.-Dentro de unos años será la moneda única europea, aunque no todos los países la tendrán… Reino Unido sigue con sus sempiternas libras.

Nadie dijo ni una palabra. Supongo que todo aquello era demasiado confuso y sorprendente para todos. Dejé de nuevo la cartera sobre el sofá y, ajena a todo, agarré el móvil. Levanté la vista y miré a Greg.

-Creo que una de las cosas de la vida cotidiana a las que más me costó acostumbrarme fue a enseñarme a vivir sin esto.-dije en voz alta esbozando una media sonrisa triste.-No me di cuenta de lo enganchada que estaba hasta que tuve que vivir sin él.

-Todos lo están en el tiempo de donde vienes.-me contestó Greg con suavidad.-Y créeme si te digo que aún lo estarán más.

No contesté nada más. Simplemente, volví a mirar mi teléfono y pulsé el botón de encendido. Inmediatamente, la pantalla se iluminó y apareció el logotipo de la marca del teléfono móvil. Antes incluso de que saliera la pantalla para introducir el PIN de desbloqueo, el móvil volvió a apagarse de nuevo.

-La batería.-me aclaró Greg.-Aún son un completo desastre en 2013.

-¿Qué… qué era eso, mamá?-preguntó Matt de repente mirando primero al móvil y después a mí, sorprendido.

-En realidad es un teléfono.-le contesté.-Pero sirve para muchas otras cosas. Créeme, Matt, vivís más tranquilos sin estos trastos.

No obtuve ninguna respuesta por parte del niño. Todos los demás, por su parte, volvieron a clavar sus ojos en mí. Los miré, uno por uno. Ahora no cabía ninguna duda de que todos creían la historia de Greg. Y si creían en la historia de Greg, sabían la verdad: iba a morirme en poco tiempo.

Ni siquiera fui consciente de que aquel pensamiento había hecho que las lágrimas volvieran a rodar por mis mejilla, triste. No hasta que John me rodeó los hombros con su brazo y me apretó contra él fuertemente.

-Tranquila, cariño.-susurró mientras me daba un beso en el pelo.-Tranquila.

*******************************

Anna y yo volvíamos a estar sentadas sobre el césped mientras charlábamos animadamente cuando los chicos aparecieron delante de nosotras. Tanto la una como la otra nos quedamos mirándolos sorprendidas: al parecer habíamos estado tan entretenidas con nuestras cosas que ni siquiera nos habíamos dado cuenta de que por fin habían acabado de rodar. Nada más verlos, me levanté del suelo automáticamente.

-¡Ya hemos acabado, preciosidades!-exclamó John contento acercándose hacia nosotras. Después, me plantó un beso en los labios.-¿He estado bien?

-Tú siempre lo estás.-le contesté yo sonriente haciendo que él lanzara una risita por lo bajo.

-Bueno, vamos, dejad la escena romántica para otro momento y vayámonos a comer algo ya.-dijo de repente George apareciendo por detrás de nosotros.-Me muero de hambre.

-Cómo no, Hari con hambre…-rió Anna que aún estaba sentada en el césped.

George iba a contestarle algo cuando Ringo se plantó delante de Anna y le dedicó una tierna sonrisa que ella le devolvió. Ni Paul ni George hicieron mucho caso de aquella escena, pero John y yo nos los quedamos mirando con una sonrisilla pintada en la casa. Al fin y al cabo éramos los únicos de allí que sabían de qué iba todo aquello.

-¿Te ayudo a levantarte?- le preguntó Ringo tendiéndole la mano.

Sin decir nada, Anna le agarró la mano y Ringo la ayudó a ponerse en pie. Los dos quedaron cara a cara, mirándose por unos segundos tiernamente. Aquel detalle sirvió para que George y Paul, que hasta entonces no habían notado nada raro, se quedaron mirándoles entre curiosos y sorprendidos. No obstante, Anna y Ringo parecían completamente ajenos a todas las miradas.

-¿Cómo estás, princesa?-le preguntó Ringo casi en un susurro.

-¿Prin… qué?-dijo Paul incrédulo a nuestro lado.

No hizo falta que nadie aclarara sus dudas ya que, en aquel preciso instante, Ringo se acercó a Anna y le dio un sentido beso en los labios. Ni John ni yo nos pudimos aguantar la risa cuando vimos las caras que se le quedaron a George y a Paul.

Ringo y Anna se separaron lentamente, él con una sonrisa feliz pintada en la cara y ella, aunque también sonriente, roja a más no poder.

-¿Pero qué es todo esto?-preguntó Paul divertido mirándolos a los dos.

-Vamos, Macca, no creo que sea necesario que te lo expliquen.-intervino John riendo.

Ringo simplemente se limitó a asentir, visiblemente satisfecho, a la vez que le sostenía la mano a Anna fuertemente, quien reía por lo bajo aunque sin osar a mirarnos a nadie directamente a la cara, nerviosa.

-¡Joder! ¡Ya era hora!-exclamó George cuando se recuperó de lo que había visto.-¡Por fin estos dos se dejan de joder! Que sepáis que el rollo ése que teníais de “sólo amigos” ya no nos colaba a nadie.

-¡George!

-Ni George ni nada, Rings.-rió él.-Es la verdad.

-Hari tiene razón.-añadió Paul.-Ya era hora, ¿o no, John?

-Y tanto que era hora.-contestó él a mi lado.-Tal y como nos decíamos mi Bri y yo, la tensión sexual debe resolverse.

-¡Lennon!-era la primera vez que Anna hablaba desde que Ringo le había dado aquel beso.-Calla. Calla o te mato. A ti y a “tu Bri”.

-Eso, John, hazle caso que ya sabes que Anna es muy capaz…-rió Ringo, quien, al parecer, se estaba divirtiendo con aquella situación a más no poder.

-Pues tranquilízala y haz que se le pasen esos instintos asesinos que tiene.-le contesto John riendo también.

-Eso está hecho.-sonrió Ringo antes de volverse de nuevo hacia Anna y plantarle otro beso, esta vez por sorpresa. Cuando se separó de ella, Anna aún estaba más roja de vergüenza que antes.

-Ritchie…-susurró ella a modo de reprimenda o de no se sabía muy bien qué.

-Bueno, ¿y qué? Supongo que este gran evento debemos celebrarlo por todo lo alto, ¿no?-dijo Paul.-Ya sabemos quiénes son los que invitan hoy…

-Claro, debemos celebrar que ahora ya sois tres las parejitas empalagosas e insoportables las que tengo a mi alrededor.-bromeó George.-Pero, por favor, me parece genial que Anna y Ringo por fin estén juntos, pero… ¿podríamos irnos al hotel a comer algo ya?

Aquel comentario de George hizo que todos, incluida la avergonzada Anna, soltáramos una sonora risotada antes de empezar a andar todos juntos en dirección al autobús. Sonreí mientras caminaba agarrando a John por la cintura. Yo era feliz y todos los que me importaban en aquellos momentos parecían serlo también. Definitivamente, no se le podía pedir nada más a la vida.




Hola! Bueno, aquí yo de nuevo con capi acabado de salir del horno. Espero que os haya gustado esta cosa que ha salido de mi mente. Como siempre, gracias por estar ahí leyéndome y tomándoos la molestia de comentar. Por cierto, quería deciros, porque dudo que aparezca por aquí antes, que disfruteis mucho del próximo 9 de octubre, que ya sabeis quién cumple añitos ese día. Un día agridulce para mí, si os soy sincera, pero en el que mis pensamientos se volcan siempre hacia él y eso, sin lugar a dudas, es algo muy bonito. 
Y bueno, ya no os jodo más con mis cosas, que no quiero aburriros ni nada de eso. Un saludo, guapas!

miércoles, 2 de octubre de 2013

VUELO 937 Capítulo 10



Aún recuerdo a la perfección las caras que pusieron todos cuando nos vieron a John y a mí aparecer agarrados de la mano en la primera cena de amigos que celebramos después de que iniciáramos lo nuestro. Todos, excepto Anna, que ya lo sabía y simplemente se limitó a lanzarnos una sonrisa pícara, se nos quedaron mirando con cara de alucine aunque, a decir verdad, poco les había costado asumir aquello después de que John anunciara con la mayor naturalidad del mundo que “estábamos saliendo”. Tal vez, como Anna, ya se lo veían venir desde hacía tiempo. Y es que, si me paraba a analizarlo en frío, debía de reconocer que el tonteo entre John y yo había sido muy evidente desde que prácticamente nos acabábamos de conocer, aunque yo ni siquiera hubiera sido consciente de ello hasta que no había explotado todo delante de mis narices.

Fue así como de ser “la chica nueva” o “la amiga de Anna”, pasé a ser “la novia de John” dentro del grupo. Vale, hubiera preferido ser “Bri”, sin más, pero debía reconocer que aquel pequeño título no me pesaba en absoluto. Estaba a gusto con John, muchísimo, y era feliz a su lado. Además, y pese a que llevábamos muy poco juntos, casi podía afirmar con total seguridad que me había enamorado de él como una boba; una cosa, por cierto, muy extraña en mí, que nunca en mi vida había sido de enamoramientos fáciles. No obstante John era distinto, muy distinto a todos los demás. Él simplemente parecía tener todo lo que yo adoraba combinado en una sola persona y, además, el hecho de que me tratara como me trataba aún hacía que yo me colgara más por él a cada día que pasaba. Jamás había pensado que podría sucederme algo así en toda mi vida y secretamente agradecía aquel extraño capricho que el destino había tenido conmigo al mandarme a una época que no me correspondía.

Tal vez por esa necesidad que tenía de estar con él casi a todas horas, me cayó como un jarro de agua fría la noticia de que en unos pocos días los chicos deberían partir para rodar aquella película que tenían proyectada desde hacía un tiempo. John me lo dijo una tarde, en su casa, y debió de notar tanto la decepción pintada en mi cara cuando supe que iba a pasarme unos cuantos días sin verle, que no pudo menos que darme un inmenso abrazo a la vez que reía divertido y juraba y perjuraba que sólo serían unos pocos días de nada. No obstante, a mí aquello no me convenció y me mantuve enfurruñada el resto de la tarde. Sólo cuando John me dijo que tampoco tenía ganas de dejarme a mí en Londres y me hizo prometerle que iría a verle los días que librara en el trabajo, se me pasó un poco el mal humor. Al menos, el saber que él también querría verme me hacía sentir un poco mejor.

Y allí estaba yo, dispuesta a cumplir mi promesa, en la estación a las siete de la mañana para pillar el primer tren del día con destino a Plymouth junto con unas somnolientas Rachel y Anna.

-Alguna de las dos que me explique por qué me dejé convencer para que os acompañara en este viajecito.-se quejó Anna dejándose caer sobre uno de los bancos que había cerca de los andenes.-¡Levantarse un sábado antes de las seis para venir aquí a pillar un tren! ¡Esto es de locos!

-Porque a ti también te apetece verlos, a ellos y al tinglado que tienen montado para esa locura de película.-contestó Rachel divertida mientras se sentaba a su lado.

-Ya… Casi que hubiera preferido ver ese tinglado por la tele. O mejor aún, cuando estrenen la peli.-masculló ella de mala gana.-Ahora por lo menos estaría en mi cama, calentita y durmiendo y…

-Vamos, quejica, no exageres.-reí yo.-Además, tenemos un viaje de más de tres horas por delante: ya dormirás en el tren.

-Mira a la Señorita Positiva…-murmuró Anna esbozando una media sonrisa burlona.-Lo ve todo bonito porque se muere de ganas por ver al de las gafitas.

-¡Deja estar al de las gafitas, Anna!-reí yo.

-¿Me vas a decir ahora que no tengo razón?

-Bueno… sí, la tienes. Me muero de ganas.-afirmé divertida justo antes de que el tren que teníamos delante, el que debíamos pillar, abriera sus puertas.-Así que chicas, no agotéis mi paciencia y larguémonos de aquí… ¡ya!

Subimos al tren entre las quejas cómicas que Anna hacía para picharme y nos sentamos en los asientos que teníamos reservados, en un compartimento de primera clase apartado del resto de pasajeros.

Pese a las comodidades, el viaje se me hizo tremendamente largo y pesado, sobre todo teniendo en cuenta que mis dos amigas se habían quedado dormidas como dos marmotas antes incluso de salir de Londres y yo, que era incapaz de conciliar el sueño, me había tenido que pasar el resto del trayecto aburrida como una ostra mientras miraba el monótono paisaje inglés por la ventanilla. Para colmo, se me había olvidado traerme un libro o algo para entretenerme, así que me pasé las siguientes tres horas y media allí sentada y sin hacer absolutamente nada más que mirar mi reloj de pulsera cada pocos minutos.

-Chicas, despertad…-dije tocando a Anna y a Rachel, que seguían dormidas como dos bebés, cuando entramos en Plymouth.

Anna se removió incómoda en su asiento.

-Déjame, Bri.-masculló.-Estoy durmiendo.

-Eso ya lo sé.-reí yo.-Pero hemos llegado.

-¿Ya? ¿Hemos llegado?-preguntó de repente Rachel abriendo los ojos de par en par cuando me escuchó.

No pude menos que soltar una risita entre dientes cuando vi su reacción.

-Ya.-contesté.-Estamos entrando en la ciudad. En nada llegamos a la estación.

-¡Vaya! ¡Qué rápido!

-Sí, rapidísimo…-dije de mala gana: aún tenía muy presentes las tres horas largas de mierda que me había pasado allí. Después, mirando a Anna, quien se había vuelto a acomodar en su asiento y había vuelto a cerrar los ojos, añadí:-Creo que Anna se vuelve de regreso a Londres durmiendo en el tren…

-Briseida, te estoy escuchando.-me contestó la aludida todavía con los ojos cerrados.-Ni en broma me vuelvo yo a Londres después del madrugón que me he pegado. Sólo estoy relajándome un poco antes de bajar.

-Claro, como si no te hubieras relajado lo suficiente después de la dormida que te has pegado.-le contesté irónica a la vez que el tren se adentraba, ahora ya definitivamente, en la estación de trenes de Plymouth.-Por cierto, ahora sí que es en serio. Hemos llegado.

Nada más decir estas palabras, el tren dio una fuerte sacudida al detenerse que hizo que Anna abriera los ojos de repente a la vez que renegaba por lo bajo con la  consiguiente diversión de Rachel y mía.

Agarramos el equipaje y bajamos del tren tan rápido como pudimos y nos encaminamos hacia la salida de la estación. Ahora lo más complicado sería encontrar el hotel donde se alojaban los chicos en una ciudad que ninguna de las tres conocía para nada, así que decidimos no complicarnos la existencia y nos subimos a uno de los numerosos taxis que se encontraban fuera de la estación y que nos dejó justo en la puerta del hotel.

Bajamos del coche contentas por haber llegado por fin a nuestro destino. Yo por lo menos hacía un buen rato que no veía el momento de llegar de tantas ganas como tenía de ver de nuevo a John. De este modo, nos dirigimos decididas a la puerta del hotel. No obstante, justo cuando íbamos a entrar dentro un tipo trajeado de casi dos metros de alto, cuadrado y con cara de pocos amigos nos puso la mano delante, cerrándonos el paso.

-¿Adónde se creen que van, señoritas?

-Al hotel, señor.-le contestó Anna a la defensiva marcando deliberadamente la última palabra.-Supongo que eso es obvio.

-¿Tienen una reserva hecha?-nos preguntó el tipo, serio.

-No.-contesté yo.-Venimos a ver a unos amigos que se alojan aquí.

-Ya… Esa historia me suena…-rió el hombretón.-Vamos, largo de aquí las tres. Ahora.

-¿Cómo que largo?-preguntó Anna indignada mirándolo de hito en hito.

-Lo que has oído, chica.

-Oiga.-intervino Rachel.-¿Acaso no me conoce? ¿No sabe quién soy yo?

-Por supuesto que no te conozco. Venga, no tengo tiempo para tonterías.

-¿Pero usted no…?-insistió Rachel quitándose las gafas de sol y mirándolo fijamente para intentar que la reconociera. Paul y Rachel habían hecho oficial su noviazgo antes del verano y casi todo el mundo sabía quién era ya.-¿No lee las revistas o ve la televisión? Soy la…

-Mirad, antes que vosotras han venido decenas de fans locas y ya estoy harto.-le cortó de malas maneras aquel tipo sin tan siquiera dejarle acabar de decir la frase.-Así que largo.

-¡¿Largo?!-exclamó Anna.-¡Pero ni siquiera has preguntado quiénes somos! ¡Anda, no me hables húmedo, maldito pago!

Anna dijo toda aquella retahíla de insultos scousers con un acento de Liverpool tan cerrado que hasta a mí, que me había pasado allí viviendo unos cuantos meses y me había obligado a aprenderme casi todos los insultos autóctonos, me costó pillar. No obstante, el “deja de decir gilipolleces” y el “maldito estúpido” sí que lo entendía a la perfección. Los que parecieron no entender absolutamente nada de lo que había soltado Anna fueron Rachel y el hombretón de la puerta: sus caras eran un auténtico poema y aquello hizo que yo me viera obligada a hacer un esfuerzo colosal por contener una risotada allí delante de todos.

-¿Pero qué has dicho?-preguntó el tipo mirando a Anna con cara de pocos amigos.

Anna le devolvió la mirada desafiante y, justo cuando yo estaba empezando a temer que le tradujera a la cara y sin ningún tipo de problema lo que le acababa de decir, Rachel soltó un gritó que nos salvó de aquella situación:

-¡George!

Miré hacia el interior, esperanzada. Efectivamente, George acababa de aparecer por el hall del hotel y podíamos divisarlo a la perfección desde donde estábamos nosotras. Nada más nos vio, el chico esbozó una inmensa sonrisa y se dirigió hacia la puerta.

-¡Chicas!-nos saludó.-¡No os esperábamos hasta más tarde!

-Al final hemos pillado el primer tren de la mañana, el que salía más tarde estaba completo.-le contestó Rachel con una sonrisa a la vez que el tipo de la puerta miraba la conversación casi con la boca abierta por la sorpresa.

-Pues les vais a dar una alegría.-sonrió George.-Por cierto, ¿qué hacéis plantadas en la puerta que no entráis?

-Eso podrías preguntárselo a nuestro amigo aquí presente.-le contestó Anna lanzándole una mirada de soslayo al hombretón que aún teníamos delante, entre George y nosotras.

-Disculpe…-masculló él con un hilillo de voz mirando a George.-Pensé que eran…

-Son amigas nuestras.-contestó George.-Bueno, algunas más que eso, así que…

Sin necesidad de que dijera nada más, el tipo se hizo a un lado y nos dejó pasar.

-Gracias por todo, simpático.-masculló Anna justo cuando pasamos por su lado.

El tipo ni siquiera osó a mirarnos a la cara y, obviamente, se abstuvo de contestar nada. Sabía que había metido la pata y que lo mejor que podía hacer era callar.

Entramos en el interior del hotel. El hall, lujoso a más no poder, no dejaba lugar a dudas del tipo de lugar en el que nos encontrábamos: un sitio que sólo se podían permitir los bolsillos más privilegiados y al que seguramente yo no hubiera entrado en mi vida de no ser por los chicos.

-¡Bri!

-¡John!-exclamé a la vez que esbozaba una inmensa sonrisa, feliz por verle de nuevo.

Antes incluso de que me pudiera dar cuenta, ya estaba fundida en un fuerte abrazo con él mientras nos dábamos un intenso beso. Hacía días que tenía muchas ganas de hacer aquello.

-Café.-dije cuando nos separamos.

John soltó una risita divertido cuando entendió a qué me refería.

-Acabamos de desayunar.-me aclaró.-Y sí, he tomado café. ¿Cómo ha ido el viaje? No os esperábamos hasta mediodía por lo menos.

-Al final hemos pillado el primer tren de la mañana… Nos ha tocado madrugar, pero da igual: ya tenía ganas de verte.

-Y yo a ti más, preciosa.-contestó John esbozando una sonrisa tierna que hizo que casi me derritiera allí mismo. Después, dirigiéndoles una mirada a Anna y a Rachel, las saludó:-Hola, chicas.

-Hola, John.-contestaron las dos casi al unísono.

-Ey, chicos, por cierto...-dijo de repente Rachel, evidentemente ansiosa, mirando a George y a John.-¿Y los demás?

-¿Por qué preguntas por los demás cuando quieres preguntar sólo por Paul, Rachel?-le replicó John irónico haciendo que la chica enrojeciera levemente.-Paul está aún en el comedor. Es un lento desayunando.

-Yo te acompaño si quieres.-se ofreció George, amable.

-Sería genial.

Rachel se despidió de nosotros antes de desaparecer con George. Anna, John y yo, por nuestra parte, nos quedamos en el hall. Después de acompañar a Anna a recoger al stand de recepción las llaves de la habitación que tenía reservada en la misma planta que nosotros y que el resto de los chicos, subimos al ascensor.

-Anna, eres una cortarrollos.-dijo John seriamente mirando a nuestra amiga cuando las puertas del ascensor se cerraron tras nosotros.

Anna y yo le lanzamos una mirada interrogante, sin entender muy bien a qué venía aquel cambio de actitud.

 -¿Cómo?-preguntó ella extrañada.-¿Cortarrollos? ¿Por qué?

-Sí, Anna, sí, cortarrollos.-respondió John con la misma seriedad.-Porque yo ahora mismo me lo hubiera montado con Bri en el ascensor y…

Ni siquiera pudo acabar de pronunciar la frase antes de que Anna estallara en una carcajada y yo le diera un manotazo divertida en el brazo acompañado de un sonoro “¡Cerdo!”  que hizo que él también empezara a partirse de risa allí mismo. Justo en ese momento, el ascensor se detuvo y los tres bajamos de allí riéndonos a más no poder.

-Creo que tu habitación está justo al lado de la nuestra, Anna. Mala suerte, a lo mejor no te dejamos dormir mucho…-rió John mientras avanzábamos por el pasillo haciendo que yo me pusiera visiblemente roja.

Anna iba a contestarle algo pero, en ese preciso instante, la puerta más cercana a nosotros se abrió. Nos giramos en esa dirección con curiosidad a la vez que Ringo salía de allí. El chico se nos quedó mirando con una mezcla extraña de alegría y confusión. Tanto Anna como yo, pero sobre todo ella, esbozamos una sonrisa dispuestas a saludarle. No obstante, antes de que pudiéramos decir nada, una chica rubia de pelo largo y bastante atractiva, salió detrás de él. Aquello hizo que las dos borráramos nuestra sonrisa de la cara casi en el acto.

-Bueno, Rich, nos vemos mañana.-se despidió la chica antes de salir al pasillo sin obtener ninguna respuesta por parte de Ringo.-John.-añadió la rubia cuando pasó por nuestro lado.-Adiós.

-Nos vemos, Miranda.-le devolvió él el saludo con indiferencia.

La chica se alejó de allí rápidamente y subió al ascensor. Aún escuchamos como se cerraban las puertas, antes de que Ringo esbozara, ahora sí, una sonrisa.

-Hola chicas.-saludó.-¿Qué tal el viaje? No creía que vinierais tan temprano.

-Es obvio que no nos esperabas tan pronto.-le respondió Anna lanzándole una mirada glacial.-Y el viaje genial, Richard, gracias por el interés.

Tanto John como yo nos quedamos mirándola estupefactos, primero a ella y después a  Ringo, que también la miraba contrariado.

-Oye, Bri.-dijo de repente Anna volviéndose hacia mí.-¿Te importaría dejarme la maleta en mi habitación?

-¿Cómo?

-La maleta, en mi habitación.-repitió tendiéndome las llaves que minutos antes habíamos recogido.-Si eso cuando bajéis, dejas las llaves de nuevo en recepción. Si no es molestia, claro. Es que… Creo que yo iré a tomar el aire un poco. El viaje no me ha sentado muy bien.

-Claro, como quieras.-dije yo agarrándole las llaves.

-Gracias.-respondió ella esbozando una sonrisilla forzada.-Nos vemos.

Y, sin ni siquiera esperarse a que ninguno de los que estábamos allí le contestara, se dio media vuelta y se alejó por el pasillo en dirección a las escaleras. Al parecer, ni siquiera iba a molestarse en esperar al ascensor.

-Oh, mierda, joder…-masculló de repente Ringo cuando Anna hubo desaparecido.

John y yo no dijimos nada.

-Sólo estaba hablando con Miranda sobre la escena de mañana…-se excusó él, aunque nadie le hubiera pedido ninguna explicación.-La he cagado, ¿no?

-Creo que sí.-se limitó a decir John sin más.

Ringo lanzó un fuerte suspiro, resignado, antes de cerrar la puerta de su habitación tras de sí, dedicarnos un escueto “adiós” y empezar a andar, apresurado, en la misma dirección que había tomado Anna minutos antes.

-¿Quién es esa Miranda?-quise saber cuando John y yo nos quedamos solos.

-Es actriz.-contestó John.-Trabaja en la peli.

-Vaya… ¿Crees que Ringo y ella…?

-No, qué va.-se apresuró a decir él.-Te digo yo que no, aunque Anna parezca no pensar lo mismo.

-Pues ahora sólo falta que ella le crea.

-Conociéndola, te aseguro que le va a costar.-sonrió John agarrándome por la cintura y acercándome a él peligrosamente.-¿Crees que a mí me va a costar lo mismo robarle un beso a la más guapa?

-¿A la más guapa? ¿Te refieres a Miranda? No lo sé, depende de si le gustas o no.

-Tonta.-sonrió John antes de darme un beso al que yo le respondí con ganas.-No, no me ha costado para nada. ¿Me das otro?

Le dediqué una inmensa sonrisa a la vez que le daba un toque en la nariz. Después, le di un sonoro beso en la mejilla. Sabía que aquello le divertía y le hacía rabiar casi a partes iguales.

-¡Eh!-se quejó.-¡Eso no vale! ¡Ni cuenta como beso ni como nada!

-Si quieres uno de verdad, gánatelo.-bromeé yo.-Y ahora vamos, ayúdame con las maletas o nada de nada de nada, Johnny.

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Jueves, 9 de abril de 1987
Londres

-¡John, por favor!-grité asustada cuando por fin reaccioné y vi lo que estaba haciendo.

Él ni siquiera pareció escucharme mientras la emprendía a golpes con un Greg que ni siquiera hacía el menor ademán por defenderse. Estaba fuera de sí, furioso como muy pocas veces lo había visto. Era como un animal herido y rabioso y en aquellos momentos dudaba de que ni siquiera fuera capaz de escuchar a nadie.

No sé lo que hubiera podido llegar a pasar si hubiéramos estado solos, si Ringo no se hubiera abalanzado sobre él y lo hubiera agarrado para obligarlo a parar.

-¡Mierda, John!-exclamó haciendo un colosal esfuerzo por separarlo mientras lo agarraba de uno de sus brazos.-¡Ya está bien!

-¡Suéltame, joder!

John hizo un movimiento brusco, violento, para zafarse de Ringo. Tal vez lo hubiera conseguido si Alex no hubiera reaccionado también justo en ese momento y hubiera corrido para agarrar a su padre por el otro brazo fuertemente.

-Papá, por favor.

Más que una orden como la de Ringo, las palabras de Alex sonaron como una súplica desesperada, suaves pero a la vez potentes. Sólo cuando escuchó aquello, John pareció relajarse. Le dedicó una mirada evidentemente arrepentido y dejó de forcejear para soltarse. Automáticamente, Ringo y Alex le dejaron de nuevo libre.

-Lárgate de mi casa, cabrón.-le espetó a Greg, que aún estaba en la misma posición.

El hombrecillo le dedicó una mirada burlona. Lo miré bien, sorprendida; de hecho, creo que todos lo hicimos. A Greg, pese a que acababa de recibir una paliza brutal, sólo le sangraba mínimamente la nariz, con un hilillo de sangre tan nimio que parecía burlarse descaradamente de los golpes que John le acababa de propinar. Cualquiera, con bastante menos, hubiera acabado como para que le ingresaran en el hospital directamente.

-No.-dijo Greg con total parsimonia al cabo de unos instantes.-No me puedo ir. Es mi obligación quedarme aquí y voy a cumplirla.

John y él se aguantaron la mirada, desafiantes, durante unos segundos. Era tal el odio que destellaban  los ojos de John que incluso llegué a temer que de nuevo se abalanzara sobre él. Entonces, decidí intervenir. Al fin y al cabo todo aquel asunto iba conmigo y no quería que ni yo ni nadie de los que estábamos allí presentes volviéramos a presenciar un espectáculo como el de hacía unos minutos.

-Está bien.-dije con determinación haciendo que esta vez todos se volvieran hacia mí.-No te vas a ir, ¿verdad?

-Por supuesto que no voy a marcharme, Briseida.-me contestó Greg.

Asentí con la cabeza, conforme. Aunque la simple idea de tenerlo allí me diera asco, sabía que era inútil insistir en lo contrario; lo único que podía ocurrir si lo hacía era que empeorara aún más las cosas.

-De acuerdo.-convine.-Entonces, vayamos adentro. Será mejor que nos sentemos y que todos nos relajemos un poco.

-¡Bri!

El grito de John sonó más a sorpresa que a otra cosa. Le dediqué una mirada, triste.

-Sabes que será lo mejor, John.-dije acercándome a él y agarrándole la mano, en un gesto tranquilizador.-Anda, cariño, no hagamos esto más difícil. Vamos.

Tironeé levemente de su mano, para obligarle a venir tras de mí. John obedeció, extrañamente dócil. Tal vez estaba demasiado confuso con todo aquello como para llevarme la contraria. Todos nos siguieron, en silencio. Había llegado el turno de las explicaciones.

************************************

Había sido un día casi perfecto. Digo casi porque sólo la pequeña sombra de la repentina desaparición de Anna y Ringo aquella mañana nada más habíamos llegado, había empañado la felicidad que había sentido al ver de nuevo a John. Y en eso, en lo bien que me sentía cuando estaba a su lado, estaba pensando allí en la cama, abrazada a él como si de una única persona nos tratáramos mientras nos acariciábamos el pelo mutuamente y nos robábamos de cuando en cuando algún beso cargado de ternura.

-Dime por qué extraña razón no apareciste antes en mi vida, Bri.-susurró él.

-Tal vez porque era imposible.-sonreí.-Estábamos muy lejos el uno del otro.

Y tan lejos; y no me refería a los kilómetros que había entre España e Inglaterra. Hasta ese momento habíamos estado separados por un inmenso abismo, no sólo espacial, sino también temporal. Un abismo que jamás pensé que pudiera franquear sin tan siquiera proponérmelo.

John volvió a dedicarme una sonrisa y me besó el pelo, cariñoso, antes de estrecharme aún un poco más contra él. Cerré los ojos, tranquila y dispuesta a dormirme así mismo, en la paz más absoluta. No obstante, justo en el momento en el que estaba a punto de quedarme dormida de verdad, un ruido en el pasillo, como si alguien acabara de tropezar con algo justo delante de nuestra puerta, hizo que abriera los ojos de nuevo, sobresaltada. John también dio un pequeño salto: al parecer él también estaba a punto de quedarse dormido y aquello le había despertado de manera inesperada.

-¿Qué coño es eso?-pregunté con un hilillo de voz, molesta ante aquella interrupción.

John se encogió de hombros y se incorporó levemente en la cama, en silencio. Afuera se oían voces. Apenas eran un murmullo inaudible, imposible de descifrar desde donde estábamos nosotros. Pero de repente una risa conocida, muy conocida, llegó a nuestros oídos. Inmediatamente John y yo nos dedicamos una mirada extrañados.

-¿Anna?-preguntamos los dos casi a la vez.

La risa volvió a repetirse, ahora mucho más clara que antes. No, no quedaba duda de que era ella. Entonces, otra risa, esta vez masculina, hizo que John y yo nos volviéramos a mirar, esta vez con una extraña mezcla de curiosidad, diversión y sorpresa.

-¡Joder!-exclamó John entre susurros.

-¿Es quién yo creo que es?

-Y tanto que es él.-contestó John poniéndose en pie de un salto y dirigiéndose hacia la puerta de la habitación.-Voy a ver.

-¡Johnny!-susurré divertida.-¡Pero ponte los calzoncillos por lo menos! ¡No querrás salir desnudo al pasillo!

-Shhhht.-me ordenó callar él sonriente.-¿Quién te ha dicho a ti que voy a salir al pasillo? Voy a espiar por detrás de la puerta…

-Cotilla…

-Tú también te mueres de ganas por cotillear.-bromeó.-Anda, ven. Y tráeme las gafas, por favor. Se me han olvidado.

Intentando evitar soltar una risa por la situación allí mismo me levanté yo también de la cama, agarré sus gafas de la mesita de noche y me acerqué hasta donde estaba John.

-Juguemos a los espias, nena.-bromeó él mientras yo le colocaba las gafas.-A los espías nudistas.

John me agarró de la mano y me guió hacia la puerta de la habitación. Nos colocamos detrás de ella y John, con muchísimo cuidado de no hacer ruido la abrió lentamente, dejando sólo un pequeño hueco para que pudiéramos ver lo que allí pasaba.

-Esto no está bien…-murmuré yo divertida sin que apenas se me pudiera escuchar.-Esto es invasión de la intimidad.

-Shhhht, deja estar la intimidad y mira.-me respondió John divertido con el mismo tono de voz mientras me dejaba sitio para que mirara yo también.

Pese a mi discursillo sobre la intimidad, no dudé en asomarme y mirar. Lo que vi allí, me dejó fría. Y es que Ringo y Anna estaban a pocos metros de nosotros, justo delante de la habitación del chico, agarrados de la mano mientras se decían cosas entre susurros y de cuando en cuando soltaban una risita divertida. Además, sólo faltaba que se comieran con la mirada.

Con la mano libre, Ringo sacó la llave de su habitación del bolsillo de sus pantalones y abrió la puerta sin ni siquiera soltar a Anna ni un solo segundo. Entonces, se volvió hacia la chica, le dedicó una mirada llena de ternura y le plantó uno de los besos más intensos que jamás había presenciado en toda mi vida: ya hubieran querido muchas películas de Hollywood contar con un beso como ése en su repertorio.

Alucinando todavía por lo que acabábamos de ver, John cerró de nuevo la puerta, con cuidado, sin hacer ningún ruido y nos quedamos mirándonos durante unos segundos antes de prorrumpir los dos en una carcajada.

-¡Anda con los dos amigos de la infancia!-rió John.-Ya era hora, joder. Créeme que estaba esperando este día desde hacía años, y no te exagero.

-Parece que han decidido solucionar esa tensión sexual no resuelta.-le repliqué divertida.-¿Crees que deberíamos pedirles champagne o algo al servicio de habitaciones para que lo celebren?

-Mejor aún, ¿por qué no nos lo pedimos nosotros y lo celebramos tú y yo también?-rió John agarrándome repentinamente por la cintura y plantándome un beso.

-¿Sabes?-le sonreí pícaramente.-Me parece una idea genial… ¡Celebrémoslo todo!

Y sin necesidad de decir nada más, los dos nos volvimos a perder en nuestra locura. Jamás me iba a cansar de aquello. Jamás.





Diez, diez, diez! Llegamos al diez, ladies and gentlemen, llegamos justo justito al Ecuador de este fic! A la mitad, señoras, estamos a la mitaaaaaaaad! Jajajaja. Vale, sí, mejor que me deje de desvariar y vaya a lo que tengo que ir, no? Bien, pues eso, que hasta aquí el décimo capítulo! Espero que os haya gustado (aunque creo que por ahí tengo yo a cierta lectora, a la que por cierto le dedico el capi, a la que sí que le habrá gustado, ¿o me equivoco, María?), como siempre.
 Quería aprovechar yo también para hacer unas aclaraciones, unas pequeñas notas del autor (autora, en este caso, jajaja), porque quizá leyendo esto os haya surgido la duda. Cuando Anna, (oh, querida Anna!), le dice unas cosillas al guarda de la puerta del hotel seguramente os habréis preguntado: "Cómo habla esta chica?" Pues bien, Anna habla en scouser como buena liverpudlian que es. Ya sabéis que los señores, por aquellas inhóspitas tierras del norte hablan así como muy raro, con este dialecto particular que tienen, que además cuenta con expresiones propias que hasta a los propios ingleses del resto de sitios les cuesta entender. De ahí que hayan aparecido el Don't talk wet! (no me digas gilipolleces o estupideces o pelotudeces o giladas o como digáis, jajajaja) y el divvy (estúpido), traducidas respectivamente al español.
Y bueno, dicho esto, llega el turno de los agradecimientos y todo eso. Me decís unas cosas muy bonitas, oye, de esas que hacen que me ponga colorada y me den ganas de esconder la cabeza bajo tierra como los avestruces. Bien, gracias por todas esas cosas que me decís, simplemente hago lo que puedo e intento disfrutar con ello. Si el resultado os gusta, pues mejor aún. :) En segundo lugar, darle la bienvenida a Valentina desde aquí. Lo dicho, espero que esto te siga gustando la historia conforme vaya avanzando.
Ah, por cierto, en respuesta a la pregunta que hacía Mane sobre nuestro querido Ayrton... Pues no sé, tal vez deberías preguntarle a la madre de la criatura si el niño sigue dando problemas en el colegio y tirando pintura amarilla a los matones que se meten con ellos, jajajaja. Me ha hecho mucha gracia esa referencia al fic anterior! XD 
Y sin nada más, porque si no esta nota se va a alargar más que el capi, que muchísisisisisisisimas gracias a las que leéis, comentáis y estáis ahí apoyando, haciendo posible esto.
Hasta más ver y saludos! :)